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¿Cómo gestionar la adversidad? Parte 1

Para gestionar la adversidad primero hay que aprender a gestionarnos a nosotros mismos, lo cual tiene mucho que ver con conocernos, no solamente identificar nuestras fortalezas y debilidades, nuestros propios valores, sino también de cómo fortalecerlos o reorientarlos según sea el caso.

LA GESTIÓN DEL YO

Según Peter Drucker, el éxito en la economía del conocimiento llega a quienes se conocen a sí mismos; y la única manera de descubrir nuestras fortalezas es mediante el feedback. Decía que cada vez que tomamos una decisión o una acción clave, debemos escribir lo que esperamos que ocurra. Un año después, deberemos comparar los resultados reales con nuestras expectativas. Practicado consistentemente, este simple método nos mostrará al cabo de un tiempo bastante breve, tal vez dos a tres años, dónde radican nuestras fortalezas; que estamos haciendo o dejando de hacer que nos priva de los plenos beneficios de nuestras fortalezas. También nos mostrará nuestras debilidades, donde no poseemos fortalezas y donde nos podemos desempeñarnos.

De esta idea se desprende que el enfoque debe ir en las fortalezas, invertir en ellas para obtener mejores resultados, saber situarnos en donde más podamos potenciarlas y obviamente trabajar en ellas para mejorarlas. Comparar las expectativas con los resultados también señala qué no se debe hacer. Todos tenemos una gran cantidad de áreas en las que no poseemos ningún talento o habilidad y donde es poco probable que lleguemos siquiera a ser mediocres. Asimismo, es muy importante entender a las personas con las que trabajamos, para hacer uso de sus fortalezas.

BIENVENIDA LA ADVERSIDAD

Una vez que recibimos la visita, siempre inoportuna, de la adversidad,  no quedamos igual, o saca lo mejor de nosotros o nos quiebra de manera definitiva. Si queremos sobrevivir, primero hay que reconocerla e interiorizarla.  No se puede transformar una realidad que se niega.  Gustavo Zerbino, quien sobrevivió más de 50 días luego de caerse el avión que lo llevaba con el resto del equipo de rugby uruguayo,  decía que la receta para no deprimirse cuando viene un problema es asumir que va a pasar lo peor pero con la esperanza de que pasará lo mejor.

Ayuda mucho el vivir el presente, ya que por si solo no es capaz de quebrarnos. Solo lo hace si  nos angustiamos, que es cuando nos hemos ido al futuro, o si viene la melancolía, que es cuando nos hemos anclado en el pasado. Es en el presente cuando hay que tener valentía para enfrentar los miedos y vencerlos, bien dicen que la valentía no es la ausencia del miedo sino la superación de éste.

LA TRISTEZA, ESE TUNEL

Cuando en la vida se presenta la adversidad a través de la pérdida de un ser querido o de un despido, o de una separación, es allí donde cosechas todo lo que has sembrado antes, si has invertido en paciencia, compasión, optimismo y perseverancia, definitivamente la recibirás de otra manera. Necesitamos profundizar y sacar de la superficie estas cualidades.

Por más que tratemos de evitarla, la adversidad nos visitará, tarde o temprano. Ya lo decía el Papa Benedicto: “Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo.  Lo que cura al hombre no es huir del dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo”.

Es fundamental no pretender escapar de la pena que no es incompatible con la felicidad, por el contrario, son complementarias. Santiago Alvarez de Mon, profesor del IESE decía: “Todos deberíamos tener el coraje de enseñar y la madurez de aprender que parte del camino que lleva a la felicidad implica, necesariamente, algún dolor. Es como la persona que se resiste a envejecer.  Puede hacer lo que quiera, es una apuesta que tiene perdida.  Podrá retrasar el proceso, engañar a los demás con la cosmética, vestir su cuerpo de modo que luzca mejor, pero si su interior no está en calma, en paz con la edad que tiene, envejecer es un drama cotidiano e irreparable.  No busco sufrir, ni quiero ese test para nadie, pero eliminar ese verbo de mi diccionario, suprimirlo de golpe y porrazo, me condena sarcásticamente a sufrir más.”