Los ricos también lloran…especialmente si hay alguien mas rico que ellos

55Parafraseando a esa conocida novela, de los años 80, continúo con la segunda parte de este artículo sobre la felicidad y su relación con el dinero. Los dejo con un resumen del estudio realizado por Manel Baucells, Profesor del IESE de Barcelona, sobre la relación del dinero con la felicidad.  

“Daniel Goleman me explicó que puedes adivinar que hará en la vida un niño de 5 años si le das un caramelo y le prometes: “Si mañana no te lo has comido, te daré dos”. Los niños que serían delincuentes, aseguraba, están entre los incapaces de no comérselo en seguida.” El estudio de Baucells, del IESE y Rakes de UCLA, cuantifica ahora esa capacidad humana de planificar el esfuerzo y su gratificación mas allá del instinto y de la proyección subjetiva en el futuro de lo que sentimos en cada momento. Con su rigurosa ecuación de la felicidad imponen la razón sobre la obsesión sobre lo que los demás pueden y piensan de nosotros y sobre el error de pensar que la ilusión de estrenar auto o casa va a durar tanto como ellos. Es sorprendente relacionar el dinero que la gente gana y gasta con la felicidad que obtiene. Y es que la mayor parte de todas las decisiones de compra se toman para impresionar a los demás y después nos buscamos excusas. 

Baucells explica que hay dos tipos de bienes, tal como vimos en el artículo pasado, los de primera necesidad, entre los que se incluyen la salud, las reuniones familiares, sociales, la religión, el trabajo, y los bienes adaptables o bienes de adaptación, aquellos que una vez obtenidos tienden a disminuir el grado de felicidad con el tiempo, como una casa nueva, un vestido nuevo, un par de zapatillas nuevas, etc. Los ricos suelen centrarse más en bienes de adaptación  que en productos básicos como la comida, la vivienda, dormir, la amistad, las actividades espirituales, etc.  

Asimismo, el estudio demuestra que el sesgo de proyección que todos tenemos incluido, desvía recursos de los bienes básicos a los de adaptación, incluso cuando antes se planifican racionalmente. Hasta los segmentos mas pobres de la sociedad caen en la trampa de asignar mas dinero a productos adictivos como el alcohol o las drogas que a bienes de primera necesidad como alimentos nutritivos o la higiene. Se necesita mucha disciplina para concentrarse en los placeres sencillos, pero eso, es lo que nos da felicidad. 

Para desechar la posibilidad de que la infelicidad se deba únicamente a la falta de dinero los investigadores citan algunos ejemplos. Uno de ellos es el caso de una mujer que conduce un auto relativamente viejo en su época de estudiante y se alegra al comprarse un auto nuevo  cuando consigue su primer trabajo. Sin embargo, pronto se adapta al nuevo vehículo y lo asimila como parte de su estilo de vida. Lo mismo podría decirse de quien acostumbra a pasar sus vacaciones anuales en el extranjero. Este proceso se llama adaptación: la gente se olvida  de que acabará adaptándose a un estilo de vida mas alto a medida que vayan aumentando sus ingresos. Cuanto mas tienen, mas quieren.88 

La otra gran fuerza es la comparación social, que empuja a compararse con los vecinos mas ricos. Cuando uno se hace socio de un club o se muda de barrio mejor, las comparaciones sociales se hacen con un grupo de semejantes mas acaudalados. En vez de compararse con vecinos mas pobres, la comparación es con aquellos que mas tienen, con mejor status y con rentas similares.  

Cuando las dos fuerzas, la de la adaptación y la de la comparación social se juntan, pueden dar lugar, y así suele ocurrir, a una profunda insatisfacción personal. Este fenómeno se ha observado a escala mundial, en estudios de medición de felicidad realizados en todos los países.  La planificación óptima, sin embargo, requiere que se prediga el impacto correctamente del consumo corriente sobre la futura utilidad. Un aumento del consumo tiene dos efectos peligrosos sobre la futura utilidad. Primero, el nivel de adaptación sube y por lo tanto en el futuro la utilidad experimentada disminuye (es el caso de la gente que se acostumbra a un auto elegante, una casa mas grande, o las vacaciones en el extranjero.) Segundo, el nivel de comparación social también puede subir, reduciendo otra vez la utilidad experimentada.  

La felicidad está unida también al positivismo, una forma de vivir la vida que manifiestan más algunas personas que otras, y que también tiene su corriente psicológica como fundamento. El fundador de la psicología positiva es Martin Seliger (ex presidente de la Asociación Psicológica de USA). Distingue al optimista del pesimista a través de lo que llama estilos explicativos, o de que forma explica cada uno la misma realidad. Según esta teoría el optimista reacciona a los golpes de la vida desde una presunción de poder personal, e interpreta los hechos negativos como reveses: temporarios, específicos y reversibles con habilidad y esfuerzo.

El pesimista en cambio, se siente impotente ante la adversidad, y piensa que los problemas se perpetuarán en el tiempo, contaminarán el resto de su vida y son culpa suya. Del mismo modo se contraponen en la interpretación de los hechos positivos: el optimista se siente responsable de las buenas cosas que le pasan y mentalmente extiende los hechos afortunados hacia el futuro y hacia todas las áreas de su vida. Como consecuencia de mirar la vida de formas diferentes surgen actitudes distintas. Al sentirse con el control de su destino, el optimista afrontará una enfermedad, un fracaso amoroso y hasta la pérdida de un ser querido como un desafío, el pesimista tenderá a deprimirse y abandonar la lucha. 

La propuesta de Seliger para inyectar positividad a la vida de las personas es en primer lugar aprender a identificar las reacciones que tiene uno ante los eventos desafortunados y luego entrenarse para disputarlas, generando explicaciones alternativas. Los optimistas tienen una serie de ilusiones autocomplacientes que les permite mantener el buen ánimo y la buena salud, en un universo básicamente indiferente a su bienestar. Revelándose como un pesimista converso. Esa mirada complaciente del optimista impregna también su forma de percibir al otro y al mundo, achicando amenazas y fabricando recursos.

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