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La educación de nuestros sentimientos

Esta semana les traigo un resumen de la entrevista que leí hace unos días a Alfonso Aguiló, Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE) sobre la educación de los sentimientos, un tema del que muy poca gente se preocupa pero que genera un impacto grande en nuestra forma de ser.

“-Siendo tan importante la educación de los sentimientos, ¿por qué tantas personas consideran el coeficiente intelectual como el principal indicador del talento personal?

-El asunto viene de antiguo. Desde comienzos del siglo XX, se difundió mucho la idea de que el coeficiente intelectual es un dato de partida invariable y decisivo en la vida de una persona. Afortunadamente, esa idea entró en crisis hace ya bastantes años, pues está claro que poseer un elevado coeficiente intelectual puede predecir tal vez quién obtendrá éxito académico -tal como suele evaluarse hoy en nuestro sistema educativo-, pero no mucho más. No es una garantía de éxito profesional, y mucho menos de una vida acertada y feliz.

Hay otras muchas capacidades que tienen más importancia, y entre ellas están las relativas a la educación de los sentimientos, como el conocimiento propio, el autocontrol y el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse a uno mismo y a otros, el talento social, el optimismo, la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

-¿Y cómo puede buscarse ese equilibrio?

-De entrada, no podemos desacreditar el corazón porque algunos lo consideren simple sentimentalismo; ni la inteligencia porque otros la vean como un mero racionalismo; ni la voluntad porque otros la reduzcan a un necio voluntarismo. La clave está en encontrar una buena armonía.

Por ejemplo, en las últimas décadas se han declarado diversas cruzadas contra diferentes problemas que amenazan nuestra sociedad: fracaso escolar, alcoholismo, embarazos de adolescentes, drogas, violencia juvenil, etc. Sin embargo, una y otra vez se comprueba que suele llegarse demasiado tarde, cuando la situación ha alcanzado ya grandes proporciones y está fuertemente arraigada en la vida de esas personas.

Y eso sucede porque la información, siendo importante, por sí sola suele resolver muy poco. La mayoría de las veces el problema no es propiamente la droga, ni el alcohol, ni el fracaso escolar, sino las crisis afectivas que atraviesan esas personas, y que les llevan a buscar refugio en esos errores.

-¿La solución entonces es educar mejor los sentimientos?

-En gran parte sí. Al hombre no siempre le basta con comprender lo que es razonable para luego, sólo con eso, practicarlo. El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices que escapan al rigor de la lógica, y que campan por sus respetos moviendo resortes subconscientes de la voluntad y los sentimientos.

-Pero tener mucho corazón a veces también traiciona…

-Está claro que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran corazón. Hay gente de mucho corazón que son alcohólicos, irascibles, mentirosos o poco honrados. Pero de modo general puede decirse que la riqueza y la plenitud de una persona dependen en gran medida de su capacidad afectiva.

Lo más propiamente humano es ser una persona de corazón, pero sin dejar que nos tiranice. Es decir, sin considerarlo la guía suprema de nuestra vida, sino logrando que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ¿acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ¿habrían existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace más humanos, más libres, más valiosos.

-¿Y cree que la educación de los sentimientos es una tarea un tanto descuidada?

-Sí. Como ha señalado José Antonio Marina, la confusa impresión de que los sentimientos son una realidad oscura y misteriosa, poco racional, casi ajena a nuestro control, ha provocado en muchas personas un considerable desinterés por profundizar en su educación. Sin embargo, los sentimientos son influenciables, corregibles, estimulables. Pueden modelarse bastante más de lo que a primera vista parece.

Es cierto que la mayoría de los sentimientos no se pueden producir directa y libremente. No podemos generar sentimientos de alegría o de tristeza con la misma facilidad con que hacemos otros actos de voluntad (como gobernamos, por ejemplo, los movimientos de los brazos). Pero sí podemos influir en nuestra alegría o nuestra tristeza de modo indirecto, preparando el terreno en nuestro interior, estimulando o rechazando las respuestas afectivas que van surgiendo espontáneamente en nuestro corazón.

-Algunos consideran que eso es esconder los sentimientos espontáneos para sustituirlos por otros que en realidad no se tienen, y que por tanto son falsos, o al menos artificiales.

-Pienso que no debe verse así, pues lo que se busca no es el falseamiento de los sentimientos, sino construir nuestro propio estilo emocional. Debemos ser protagonistas de nuestra propia vida, en vez de pensar que estamos atados a un inexorable destino sentimental.

Si una persona advierte, por ejemplo, que está siendo dominada por sentimientos de envidia, o de egoísmo, o de resentimiento, lo que debe hacer es procurar contener esos sentimientos negativos, al tiempo que procura estimular los correspondientes sentimientos positivos. De esa manera, con el tiempo logrará que éstos acaben imponiéndose sobre aquellos, y así irá transformando positivamente su propia vida emocional.

-¿Los sentimientos influyen en las virtudes?

 -Cada estilo sentimental favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, cada estilo sentimental favorece o entorpece una vida psicológicamente sana, y favorece o entorpece la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la agresividad, o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. La práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.”

Administren su energía, no su tiempo

 A continuación un resumen de un reciente artículo de Tony Schwartz publicado en Harvard Business Review sobre Time Management. A medida que aumentan las exigencias en el lugar de trabajo, mucha gente responde con más horas de trabajo, que cansan al empleado y que le cuestan tanto a este como a la organización. Por otra parte, la gente da por sentado lo que la capacita para trabajar; es decir, la energía. Incrementar esta capacidad es el mejor modo de hacer más en menos tiempo. El tiempo es un recurso finito; pero la energía es diferente. Proviene de cuatro fuentes: el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu, y puede aumentar y renovarse en cada una de estas.

 En este artículo Schwartz y McCarthy, señalan cómo establecer rituales para aumentar la energía en las cuatro fuentes. Por ejemplo, hacer recesos constantes restablece la energía física. Dejar de lado el papel de víctima evita la pérdida de energía a través de las emociones. Evitar las constantes distracciones que la tecnología ofrece (como vivir pendiente de los mails e interrumpir el trabajo para responderlos inmediatamente)  incrementa la energía mental. Y participar en actividades que le den sentido a la vida aumenta la energía del espíritu.

 Los nuevos rituales funcionan sólo si los líderes permiten su implementación. Y, cuando esto sucede, los resultados son increíbles. Un grupo de empleados del Wachovia Bank, que hizo un programa de gerencia de energía, superó en rendimiento a otro grupo, y mejoró su productividad, su satisfacción y sus relaciones con los clientes.

 Todo esto corrobora las pruebas recabadas sobre la efectividad de este enfoque en otras compañías, como Ernst & Young, Sony y Deutsche Bank. Cuando las organizaciones invierten en todas las dimensiones de la vida de los empleados, los individuos responden concentrando toda su energía en el trabajo. Y esto permite que tanto la compañía como su gente crezcan en valor.

Decidir bien no siempre es acertar

Esta semana me he permitido transcribir un artículo publicado en el último boletín del IESE de Barcelona por Miguel Angel Ariño, uno de sus mejores profesores y a quien tuve el honor de escuchar personalmente justamente una clase sobre este tema.

Tomar decisiones y ponerlas en práctica es la tarea más importante no sólo de los directivos en el ejercicio de sus cargos, sino de cualquier persona en su día a día. Decidir bien es fundamental para solucionar los problemas a medida que van apareciendo pero a la hora de hacerlo se debe pensar más allá de la dificultad concreta que se plantea y analizar las posibles repercusiones que esa decisión tendrá en un futuro.

Los autores ponen el acento sobre una cuestión fundamental: para tomar una buena decisión hay que perder el miedo a no acertar. De hecho, una decisión puede tener resultados desfavorables y no por ello ser incorrecta. El profesor Miguel Ángel Ariño y el colaborador científico Pablo Maella, dibujan cuatro posibles escenarios que permiten entender la importancia de interiorizar unos principios básicos a la hora de decidir.

  • Una decisión correcta con resultados favorables es la situación ideal, pero no siempre se produce.
  • Una decisión correcta con resultados desfavorables puede deberse a la mala suerte o a un factor exógeno y de imposible previsión. En este caso se obtiene un aprendizaje que mejorará futuras decisiones y el éxito acabará por llegar.
  • Una decisión incorrecta con resultados desfavorables también permite aprender, pero hay que hacer todo lo posible para evitar que la situación se vuelva a producir.
  • Una decisión incorrecta con resultados favorables es el escenario más peligroso, ya que los errores se perpetuarán mientras que la suerte se acabará. Y el resultado de una empresa no puede depender de la suerte.

De estas cuatro posibles situaciones se desprende que lo importante no son los resultados, si no el proceso que lleva a tomar una decisión.
Definir objetivos y ser realista
Acotar claramente lo que se pretende conseguir, plantearse metas ambiciosas y comprometerse con su logro son elementos básicos para decidir bien. A la hora de definir objetivos es imprescindible priorizar adecuadamente para evitar que lo secundario se confunda con lo principal y, como resultado, se tome una decisión que no ayude a conseguir lo verdaderamente esencial.

Una vez definidos claramente los objetivos, es necesario ser realista. Muchas decisiones se toman en función de presupuestos erróneos repetidos hasta alcanzar la consideración de verdad incuestionable. Cuando un consenso común es la base de la toma de una decisión, ésta tendrá los pies de barro. Ser realista implica también plantear los problemas de manera adecuada. Es decir, centrarse en las causas principales del mismo, preguntarse por las razones últimas que lo provocan. Sólo así se podrá obtener una solución adecuada.

Ser realista es no intentar justificar lo injustificable. En ocasiones se fundan decisiones sobre explicaciones convincentes pero alejadas de la realidad. El ser humano puede justificar con palabras sus acciones y decisiones, pero el recurso a sofismos son el primer paso hacia el fracaso. Y es que el autoengaño es el peor enemigo para la toma de decisiones.

Uno de los pilares necesarios para ser realista es contar con la información necesaria para poder tomar una decisión correcta. A más elementos de análisis, más posibilidades de decidir correctamente. Sin embargo, el coste de la información nunca debe ser superior a los beneficios esperados de la toma de decisión.
La irracionalidad también cuenta
Si bien todos los principios apuntados en el libro Iceberg a la vista, principios para tomar decisiones sin hundirse, conducen hacia una racionalidad y objetivación del proceso decisorio, hay que tener en cuenta que el elemento irracional también juega un papel importante.

En ocasiones, las decisiones tomadas de forma intuitiva pueden funcionar, pero para ello son necesarias tres condiciones:

  • Llevar a cabo esa solución ha de suponer un riesgo controlado.
  • Esa solución intuitiva sólo debe ensayarse una vez se haya analizado todo lo que sea posible analizar.
  • Tanto si van bien las cosas como si salen mal, es bueno aprender el camino para evitar posibles errores en el futuro.

La hora de la ejecución
Tomar decisiones es complejo. Valorar los diferentes escenarios, considerar todas las variables y estudiar las posibles repercusiones de una decisión supone un gasto de tiempo significativo. Sobre todo si se hace correctamente. Por este motivo, una vez tomada la decisión es necesario ejecutarla. Si no hay una ejecución de la decisión, el tiempo invertido habrá sido perdido y el tiempo tiene un coste. Además, no implementar una decisión tomada inevitablemente crea frustración y ésta puede condicionar futuras decisiones.

Los autores también ponen de relieve la importancia de ganar aliados a la hora ejecutar una decisión. Muchas veces una buena idea no se aplica porque alguien dentro de la misma organización ve la decisión como una amenaza hacia su departamento o hacia su propia persona. Para evitar esta situación es necesario recurrir a la pedagogía, modular el lenguaje en función del interlocutor y, sobre todo, hacer entender a la otra parte las ventajas que la ejecución de dicha decisión le reportará.

Nada puede asegurar que después de seguir todos estos principios los resultados sean favorables. Decidir bien no es sinónimo de éxito y la corrección de una decisión no puede medirse en función de sus resultados. Lo que sí se puede afirmar es que si se interiorizan estos principios de decisión, los buenos resultados, tarde o temprano, llegarán.

¿Soñar o dejar de soñar?

Dream Theater - Falling Into InfinityDifícil pregunta en estos tiempos de incertidumbre. Por un lado, escucho a los gurús diciendo que el único camino para salir adelante pasa por tener objetivos muy altos, pero por otro escucho que no se puede vivir soñando la vida, sino viviendo tus sueños aterrizándolos lo más pronto posible.

 Como ya lo he dicho anteriormente en mi artículo “Soñar, que importante hacerlo despierto”, me considero un soñador, pero un soñador de sueños reales. Reconozco que algunas veces los sueños inalcanzables son el reflejo de mi ego, perspicaz y tramposo, que cree que puede dar mucho más de lo que realmente da y se resiste a abandonarlos, lo cual me produce una cierta desazón de no poder llegar. Sin embargo, el no tener esos sueños tan retadores, me haría un mediocre que se contenta con lo que tiene y me quitaría las ganas de seguir mejorando. ¿Dónde está entonces ese punto medio?

 Para aclarar mis ideas me he acompañado de Etty Hillesum, aquella mujer que sobrevivió al Holocausto, decía que “Detrás del telón, sumergido en la soledad y silencio del patio trasero, es posible que mi yo más auténtico se decida a vivir su vida real y “vulgar”, no la alternativa de confetis y fuegos artificiales. Hay que evitar soñar permanentemente con una vida distinta, es preferible aceptar la actual de corazón. La vida es buena y bella tal como es, incluso en su parte de dolor. Soñando la empresa perfecta, el país de las maravillas, la familia angelical, la aldea fraternal, me voy haciendo huraña y amargada, que broma tan pesada!.

 ¿Todo se reduce entonces a dejar de soñar, a tirar por la borda proyectos y causas nobles que nos significan y alimentan espiritualmente? No por Dios, de ser así sería un muerto andante, el peor de los muertos. Si uno avanza con confianza en la dirección de sus sueños, y se esfuerza por vivir la vida que se ha imaginado, se encontrará con un éxito inesperado”.

 Pero entonces, ¿Qué hacemos con nuestro orgullo? ¿Cómo encausarlo para que sea un aliado nuestro y no un enemigo que lo único que busca es intranquilizarnos proponiendo constantemente situaciones en las que por ahora no podemos llegar (te mereces un aumento de sueldo, te mereces un viaje a Europa, te mereces ser el Presidente del Directorio, te mereces la chica más linda, te mereces…etc,etc,etc? Decía Erasmo de Rotterdam: “La vida entera es como un teatro. Es una comedia como cualquiera en la que unos y otros salen disfrazados con diferentes máscaras a representar sus respectivos papeles hasta que terminando el espectáculo se retiran de la escena. A veces, en la vida real como en el teatro, un mismo actor se disfraza con diferentes trajes, y así, el que llevó sobre su cabeza la corona de rey, viste  luego los andrajos del siervo. Todo es simulación, en la escena como en la vida, y hemos de reconocer que no hay manera de representar la comedia de otro modo.”

 Y así nos pasa, en esa “comedia”, en la que nos toca vivir, ahora que nuestro personaje es un ejecutivo, es decisivo tener presente que es tan sólo una función teatral, que el espectáculo llegará a su fin, el público se irá a su casa, el personaje se quitará sus máscaras y quedará sola la persona. Entonces,  si la vida tiene mucho de esta comedia ¿Por qué creer que uno se merece todo? Hoy estoy aquí, mañana, ¿Quién sabe?. Siendo la misma persona, de repente mañana te mueven el sillón, el jefe y el contrato, más aun ahora en estos tiempos de crisis. A veces uno tiene una visión de si mismo que piensa que es “la última Coca Cola del desierto”, y no lo es. Para muestra un botón, la vez pasada, haciendo un análisis profundo, descubrí que en general, se menos de lo que mi currículum vende.

 Quizá el arte está en saber ponderar en su justa medida y escoger ese punto medio entre ser ambicioso, tener objetivos nobles, muy altos y retadores, y a la vez vivir la vida que nos ha tocado, enfocándonos en que es lo que hay, (sea buena, mala o regular), y tratar de vivir contentos con lo que tenemos. Dicen que para ser feliz no hay que hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace, y tiene mucho sentido. Cuantos nos dejamos llevar por esos objetivos completamente inalcanzables y vivimos angustiados de no alcanzarlos, y cuando lo hacemos, nos trazamos otros más inalcanzables todavía, de forma tal que lo único que hacemos es buscar vivir en la angustia. Y claro, cuantos también nos contentamos con lo que tenemos y no buscamos más, con lo cual nos quedamos anclados en nuestra zona de confort, pero que a la larga nos tira para abajo, cuando hemos podido estar mucho mejor. Vale la pena analizarnos e identificar cuales son los objetivos que tenemos por los que realmente vale la pena luchar y hasta morir en el intento, y cuales es mejor dejarlos de lado. Dicen que el arte de ganar una guerra no es querer pelear todas las batallas, sino escoger las que valen la pena, y ceder el resto.

Nunca estás solo

Contra lo que muchos piensan, a veces son los días de semana los que se pasan muy rápido y los del fin de semana los que duran y parecen pasar más lentos. Esa es una afirmación constante de aquellos que se sienten solos, porque con el trabajo se distraen, llega el fin de semana y “aparentemente” no tienen a nadie con quien conversar, o si lo tienen, es como si no tuvieran a nadie ya sea porque se llevan muy mal o porque no tienen la confianza necesaria para hacerlo.

 

Un punto importante en este tema, es que nos busquemos amigos, empecemos a crear nuestra red de contactos. Uno de los momentos más felices para una persona es cuando socializa con los demás, sean su familia y sus amigos. Es una felicidad que siempre es grande y pareja, no disminuye, si lo comparamos con otro tipo de felicidades, como la que te produce comprarte algún bien por ejemplo, dado que el primer día estarás muy feliz, pero dicha felicidad va bajando con el transcurso de los días porque uno se acostumbra.

 

Pero para ello es muy importante comprender el valor de la amistad, enfocándose en ver como pueden ayudar a sus amigos, más que en el provecho que pueden sacar de ellos. Es decir, no basta con ser bueno, haz de parecerlo, con el ejemplo de tu conducta y luego con tu consejo si ves que le hace falta a tus amigos.


Muchas veces nos consideramos amigos de alguien porque no le decimos cosas que no le gustan, puede ser, pero si tampoco hay una preocupación porque ellos mejoren, no hay algo que tu hagas por su bien…..vamos por mal camino, esos son los peores amigos.

 

¿Quién no se ha sentido así alguna vez en su vida? Que está solo en este mundo, que nadie lo entiende. Pues leyendo me encontré con un texto del Papa Benedicto que habla sobre ese tema y da mucha paz: “Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, El puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…el que reza no está totalmente solo. De sus trece años de prisión, nueve de los cuales en aislamiento, el inolvidable cardenal Ngouyen Van Thuan, nos ha dejado un precioso opúsculo: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total , la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de soledad.”

 

No creo en la soledad, como vemos, hay varias formas de evitarla, el que está solo es porque quiere.

No abandones

Hoy terminan las Olimpiadas. He visto desfilar por la tv más que deportistas, a grandes hombres y mujeres, personas con un extraordinario talento pero también con una capacidad de perseverar, de seguir adelante a pesar de las dificultades, de ser fuertes y no abandonar sus objetivos.

 

¿Qué hay detrás de un medallista de oro? ¿Talento puro? No lo creo. Randy Snow, el único medallista de los juegos paraolímpicos de tres deportes distintos dice: “Los 25 mejores jugadores del mundo tienen dos cosas en común. Primera, ninguno de ellos ha llegado tan lejos por el mismo camino. Segunda, ninguno abandona. Nada puede sustituir a la perseverancia. No está y todo lo demás se desmorona en un santiamén. Su increíble talento  es pulido y abrillantado en sesiones maratonianas de trabajo en la sombra. Michael Jordan era el primero en llegar al entrenamiento, cuando sus compañeros estaban ya con una cerveza, el seguía ensayando tiros a distancia. No son casualidad esos milimétricos tiros. ¿Talento? A raudales, pero en las mismas dosis generosas y abundantes de trabajo, mucho trabajo.“

 

Cuánta gente se ha mencionado en este blog que son ejemplos de perseverancia, de fortaleza, Christopher Reeve (Superman) que dejó el ventilador artificial para respirar por si mismo, con todo  el enorme esfuerzo que ello implicó, luchar contra el cáncer a los 25 años (Louis Armstrong), sobrevivir en un campo de concentración a fuerza de rezar y confiar cuando la indignidad humana se supera así misma (Victor Frankl), perdonar y saludar a los cuidantes de su cárcel, luego de 25 años de estar encerrado y humillado injustamente (Nelson Mandela), y  Santiago Alvarez de Mon, fuente inagotable de este blog, quien me ha dado motivos para ser feliz y hacer feliz a muchos más, cuando habían días en los que provocaba llorar amargamente y quien dijo a su vez que una de las razones que alimentan su respeto y admiración por este tipo de personas,  es que esas decisiones sabias, esas acciones valerosas no son producto de un intervalo lúcido, de una locura pasajera, de un farol efímero. En absoluto, son resultado de un compromiso mantenido en la rutina y monotonía de días grises.

 

Si esa lógica la trasladamos a nuestras vidas, ¿cuántas veces abandonamos proyectos, ideales y propósitos al primer obstáculo? Y luego encima, nos quejamos de que las cosas no salen bien. Nuestro camino, no es fácil. Hay días en los que todo parece salir de acuerdo a lo que pensábamos; pero normalmente pasa lo contrario. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y decepciones; y es en esta batalla interna en la que podemos adquirir perseverancia, fortaleza, paciencia y serenidad.


Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla.

Examínate despacio, con rigurosidad

Uno de los mejores consejos que recibí de niño fue hacer todas las noches un examen de conciencia. Ya hemos visto en artículos pasados, que la felicidad es una de las cosas más importantes en nuestra vida, y que sólo se consigue al tener la conciencia tranquila de saber que se está haciendo lo que uno debe hacer en ese momento.

 

¿Pero cómo sabemos lo que tenemos que hacer? ¿Cómo darse cuenta lo que hemos hecho mal durante el día? Si no lo sabemos , no podremos corregirnos. Una de las principales ventajas de hacerlo es que te servirá para abstraerte del día a día, y ver, con otros ojos, todo lo que puedes mejorar para hacerle la vida más agradable a los demás.

 

Así como uno es constante para asistir todos los días al trabajo o para tomar desayuno, pues debemos aplicarle la misma perseverancia para examinarnos por las noches sin olvidarnos.

 

¿Y cómo hacerlo? No es difícil, son preguntas bastante sencillas que nos hacen recordar nuestras acciones durante todo el día. No hay un método único para hacerlo, pero quizá se podría comenzar con estas tres preguntas:

 

¿Qué hice bien hoy? ¿Qué hice mal? Y ¿Qué puedo corregir?. Son simples, aunque es importante para cada una de ellas revisar algunos temas como por ejemplo si aprovechamos el tiempo, como fue nuestro trato con los demás, si nos esforzamos al máximo, si tuvimos oportunidad para ser humildes, o tener caridad con alguien, si ayudamos a nuestra esposa, enamorada, compañero de trabajo, o cualquier otra persona, durante el día, si fuimos puntuales, etc. Es decir, cuando uno profundiza se da cuenta que son muchas cosas que ha hecho mal, o que ha dejado de hacer, y por eso es bueno, identificar cuales son para corregirlas.

 

Ya lo decía un gran santo de nuestros tiempos, San Josemaría: Examen. -Labor diaria. -Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna? (Camino, 235). Necesitas un buen examen de conciencia”. Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. –Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones –como se cultivan los microbios en el laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber, con tu falta de propio conocimiento… Y, después, esos focos infectan el ambiente. –Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas y de tus omisiones. (Surco, 481)


Aunque no son sólo santos quienes recomiendan hacer un examen de conciencia, según la edición de Febrero 2007 de la revista Harvard Business Review, en un artículo publicado sobre liderazgo, mencionaban que los líderes se toman el tiempo de examinar y reflexionar sobre sus experiencias, y así crecen como individuos y como líderes. Los auténticos líderes también trabajan en el desarrollo de su autoconciencia a través de una persistente autoexploración. Los auténticos líderes saben pedir y escuchar consejo.  Recomiendan reservar entre 10 a 15 minutos para hacerlo, si es mucho tiempo, pueden comenzar con 5 minutos, e ir aumentando progresivamente.

 

La importancia del mix cabeza-corazón para vivir mejor

Para vivir mejor, hay que hacer las cosas con pasión, sin embargo, la palabra pasión está cada vez más devaluada. Se ha hablado mucho de poner pasión en lo que uno hace, para que las cosas salgan bien. Pero, que hay detrás de esta afirmación, ¿cómo podemos hacer para ponerle pasión a lo que hacemos, pero más importante aun, que ésta no se apague?

 

En este sentido, quizá una de las variables a considerar es el mix que hay que hacer entre la razón y los sentimientos, es decir, entre cabeza y corazón. En estos tiempos, en los que todos andan tan obsesionados por procedimientos, metodologías, y por querer entender todo, nos hace falta una cuota que viene del corazón. Ya lo decía el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve bien con el corazón.” Por mucha lógica, análisis y planificación que se ponga, si el corazón no es movilizado, las soluciones reales y óptimas van a brillar por su ausencia.

 

Por otro lado, cuando todo se centre en las emociones y no haya nada de lógica de por medio, lo más probable es que las soluciones sean a corto plazo. En los siglos pasados, la razón era la que iluminaba las decisiones tomadas, sin embargo, con el correr del tiempo, esto ha cambiado y se toman hoy más bien en base a impulsos de la emotividad o en base al sentimentalismo.

 

Decía Santiago Alvarez: “¿Cuándo se retira cabizbajo y triste el corazón? Cuando el talento no encuentra la tarea que le espabila, cuando la libertad es vigilada, cuando la frescura y espontaneidad son sospechosas, cuando el espíritu y genio humanos son sofocados. Observo poca lucidez y razón en nuestras formas de tomar decisiones y nuestros comportamientos, a lo peor porque el corazón está ausente. “

 

Cuando hablo del corazón no lo hago sólo como recinto de emociones, afectos y sentimientos, sino también, como sede de la inteligencia. “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, dice Pascal.

 

La razón debería ser lo suficientemente inteligente y humilde como para escuchar los recados que le deja el corazón, sólo así se podrá garantizar una forma de pensar y de tomar decisiones que nos ayuden a hacer lo correcto.