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¿Le daremos espacio?

nacimiento-de-jesusDecìa el Papa Benedicto que lo màs maravilloso de este mundo es conocer a Cristo y darlo a conocer a los demás y que mejor motivo para hacerlo que en Navidad.

Lamentablemente no se puede amar a quien no se conoce. Por ello, que importante recordar nuevamente al Papa que nos dice que la mejor manera de conocerlo es en la oración, Hablar con El como quien le cuenta las penas y alegrìas a un amigo del alma y también dejar un tiempo para escucharlo. Tiene mucho que decirnos, y lamentablemente no le damos espacio. Pasa lo mismo que pasò hace poco màs de 2 mil años: “Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo reclinò  en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada”. Probablemente siga Jesùs buscando un lugar donde nacer, y que triste que haya venido a buscarnos y le neguemos el espacio…a alguien que vino a salvarnos, y al final de cuentas, también a hacernos mejores y màs felices acà y en la otra vida.

Para terminar aprovecho en copiarles las respuestas a las 3 primeras preguntas que le hicieron al Papa por tweet:

“¿Cómo podemos celebrar mejor el Año de la fe en nuestra vida diaria?”. Respuesta: “Dialoga con Jesús en la oración, escucha a Jesús que te habla en el Evangelio, encuentra a Jesús, presente en el necesitado”.

Segunda: “¿Cómo vivir la fe en Jesucristo en un mundo sin esperanza?”. Respuesta: “Con la certeza de que, quien cree, nunca está solo. Dios es la roca segura sobre la que construir la vida, y su amor es siempre fiel”.

Tercera: “¿Qué nos aconseja para rezar más en medio de nuestras obligaciones profesionales, familiares y sociales?”. Respuesta: “Ofrece al Señor todo lo que haces, pide su ayuda en todas las circunstancias de la vida diaria, y recuerda que él está siempre a tu lado”.

Y bueno, recibì este video de navidad en los centros comerciales  que vale la pena verlo!

Los 3 deseos del Papa en Navidad

Feliz Navidad! Y ya que estamos en esta época, me parece lógico que el artículo de la semana sea sobre este tema. Comparto con ustedes los 3 deseos del Papa en esta navidad que podemos aplicarlos a nosotros mismos.

En la tarde del miércoles 7 de diciembre, Benedicto XVI encendió el árbol de Navidad más grande del mundo. Previamente, dijo unas palabras:

1. “Mi primer deseo es (…) que nuestra mirada no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales”.

“Antes de encender el árbol quisiera expresar tres deseos (…). Cuando lo miramos, nuestros ojos se dirigen hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de Dios. Mi primer deseo es, por lo tanto, que nuestra mirada, la de la mente y la del corazón, no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales, sino que sea de alguna forma como este árbol, que tienda hacia arriba, que se dirija a Dios. Dios nunca nos olvida, pero también nos pide que no nos olvidemos de Él”.

“El Evangelio narra que en la noche santa de Navidad una luz envolvió a los pastores, anunciándoles una gran alegría: el nacimiento de Jesús, de Aquel que nos trajo la luz, más aún, de Aquel que es la luz verdadera que ilumina a todos. El gran árbol que encenderé dentro de poco (…) iluminará con su luz la oscuridad de la noche”.

2. “El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida”.

“El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos de esperanza, especialmente en esta época en que sentimos tanto el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos, y parece que nos envuelve un velo de tinieblas. Pero ¿qué luz puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura? Es el Niño que contemplamos en la Navidad santa, en un pobre y humilde pesebre, porque es el Señor que se acerca a cada uno de nosotros y pide que lo acojamos nuevamente en nuestra vida, nos pide que lo queramos, que tengamos confianza en Él, que sintamos su presencia que nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda”.

3. “El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive”.

“Pero este árbol tan grande lo forman muchas luces. El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura”.

La profesión más feliz del mundo

Hace un par de semanas leí un estudio de la Universidad de Chicago publicado por la prestigiosa revista de negocios estadounidense Forbes que  revela que los sacerdotes ocupan el primer lugar en el ranking de las profesiones más felices.

Otras profesiones que figuran en el estudio son la de bomberos, psicólogos y médicos, es decir, profesiones con un alto contenido de vocación de servicio. Quizá ese sea uno de los principales secretos para ser feliz en el trabajo, el empeñarnos en que los que están con nosotros lo sean primero.

Dado que me pareció sumamente raro en un mundo alérgico a la religión que se haya llegado a tal conclusión, me puse a navegar por Internet y me encontré con una carta enviada por el Obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, comentando dicho estudio  que me pareció importante resumirla, más aun ahora que estamos en tiempos de navidad.

“Se agradece este dato que nos da la oportunidad de testimoniar la salud de nuestra vocación sacerdotal, en medio de unas circunstancias más bien adversas. A lo largo de mi vida me han preguntado con frecuencia –y últimamente más- sobre el grado de satisfacción con el que he vivido como cura y ahora como obispo. Puedo decir en verdad que he sido, soy, y con la gracia de Dios espero seguir siendo, inmensamente feliz. Lo cual no implica que en mi vida no haya dolor y dificultades… Por eso mi respuesta ha sido siempre la misma: “Aunque sufro, soy muy feliz”. Sufro por mis propias miserias, pero también sufro en la misma medida en que amo; porque no puedo ser indiferente a los padecimientos de quienes me rodean, ni a la pérdida de sentido en la vida de tantos. Es más, no creo en otro tipo de felicidad en esta vida. La felicidad “rosa”, carente de problemas y de preocupaciones, no sólo no es cristiana sino que, simplemente, “no es”.

Es posible que resulte más fácil entender la felicidad sacerdotal en otro tipo de contextos sociales, como es el caso de los misioneros, quienes ordinariamente pueden “tocar” los frutos de su entrega generosa. Pero, ¿cómo puede un sacerdote ser feliz en una sociedad secularizada y anticlerical? Me atrevo a decir que sería una tentación y un error identificar la felicidad con el éxito social. La Madre Teresa de Calcuta repetía con frecuencia: “A mí Dios no me ha pedido que tenga éxito; me ha pedido que sea fiel”. El camino de la felicidad, pasa necesariamente por el de la fidelidad. La felicidad sin fidelidad es un espejismo, una mentira. No existe felicidad sin fidelidad. Y no olvidemos que la fidelidad comporta pruebas, incomprensiones, purificaciones, persecuciones…

Nuestra felicidad es proporcional a la experiencia de Dios que podamos alcanzar en esta vida. Y si tenemos en cuenta que la felicidad no es perfecta hasta que no se comparte, la segunda clave de la felicidad sacerdotal consiste en ser un instrumento de Dios para la vida del mundo.”