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El dinero no da la felicidad, pero ¿La puede comprar?

Los dejo con un artículo de Manel Baucells, excelente profesor del IESE y experto en temas de motivación. “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.
Groucho Marx no andaba tan
desencaminado. El
dinero no da la felicidad, pero la puede
comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta
como uno espera porque no sabemos administrar el dinero,
nos acostumbramos
demasiado rápido al
nuevo tren de vida y
nos comparamos
con personas más
afortunadas, según
un estudio elaborado
por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios
IESE, y Rakesh K.
Sarín, de la UCLA
Anderson School of
Management de la
Universidad de California.
La investigación
cifra en 15.000 dólares (unos 11.500 euros) los ingresos mí-
nimos para ser feliz.
A partir de ahí, poder adquisitivo y felicidad no
crecen al mismo ritmo y el largo
inventario de pobres niños ricos
que ha dado la historia es buena
prueba de ello.
Una mujer que conduce un
viejo utilitario en su época de
estudiante puede hallar una dicha temporal cuando empieza a
trabajar y logra comprarse un
bonito deportivo, pero pronto
se acostumbrará a conducirlo,
lo integrará como una parte habitual de su vida y dejará de alegrarla. Es lo mismo que le ocurre a los ganadores de lotería:
un estudio de Brickman, Coates
y Janojj-Bullman señala que
aquellos a los que les toca un
gran premio económico sólo experimentan un incremento de felicidad el primer año, mientras
que los consecutivos se mantienen igual porque ya se han acostumbrado al nuevo tren de vida
y no les resulta extraordinario.
“Lo que da la felicidad es el
cambio, el paso de un escalón al
otro, por ello mantenerse siempre en uno, aunque sea muy elevado, deja de hacernos felices”,
explica Manuel Baucells. Para
solucionarlo, el profesor del
IESE tiene una receta: “Si te toca un millón de euros, debes hacer tus cálculos para que la mejora de tu situación sea paulatina
y gastar sólo un 1% de lo ganado el primer año, un 2,5% al
siguiente, y así progresivamente
hasta alcanzar incrementos del
20% y el 30%”.
La sociedad sobrevalora los
beneficios que el dinero le reportará. “Los nuevos ricos pasan
de repente de un grupo social de
menos ingresos a otro mayor y
su bienestar sí crecerá, al menos
de forma temporal”, señala el
estudio. Pero llega el día en que
esos nuevos ricos pierden a sus
antiguos vecinos del barrio como referencia y comienzan a fijarse en el nuevo grupo social al
que pertenecen. Es entonces
cuando el éxtasis desaparece.
Y es que conducir un deportivo deja de ser tan agradable
cuando uno se encuentra en el
garaje con el nuevo Lexus del
vecino. Tras la unificación de
Alemania, los niveles de felicidad de los vecinos del Este cayeron en picado, ya que pasaron de compararse con ciudadanos del bloque soviético a mirarse en el estilo de vida de sus
vecinos de la Alemania Occidental.
A los deportistas de élite les
ocurre igual. Unas encuestas revelaron en 1995 que los medallistas olímpicos de bronce estaban
más contentos que los que habían ganado la plata, ya que se
comparaban con aquellos que
no habían subido al podio, mientras los clasificados en segundo
lugar tenían pesadillas porque
creían que se les había escapado
el oro.
Dos investigadores dieron a
elegir en 1998 a los alumnos de
la Escuela Pública de Salud de
Harvard entre dos escenarios: en
uno, ellos ganarían 50.000 dólares cuando el resto del mundo
lograría 25.000, es decir, la mitad, mientras que en el segundo
escenario ellos ganarían 100.000
dólares cuando el resto ganaría
250.000, más del doble. Todos prefirieron
el primer escenario.
“Por eso la felicidad social no ha
avanzado pese a que
mejore la calidad de
vida en un país, porque nos peleamos
siempre por tener lo
que tiene el vecino”,
según Baucells. “Si
eres capaz de llegar
al trabajo y decir qué
alegría, hoy no me
han atracado viniendo, has conseguido
bajar tu nivel de referencia y tienes más
posibilidades de ser
feliz”, añade.
En aquellas naciones en las que la economía ha crecido de
forma extraordinaria, sus ciudadanos
no han experimentando ese mismo salto cualitativo. El estudio pone como
ejemplo Japón, donde los ingresos per cápita se
quintuplicaron entre 1958 y
1991, de 3.000 a 15.000 dólares
anuales, pero los niveles de felicidad se mantuvieron entre el
2,5 y el 3 (sobre cuatro) a lo
largo de esas tres décadas.
El informe habla de dos tipos de bienes: los básicos, como comer, descansar o disfrutar con los amigos, que son básicos y su placer dura siempre, y
los de consumo —bienes de
consumo como un coche o un
viaje al extranjero—, a los que
uno se acostumbra mucho más
rápido de lo esperado y, por tanto, el éxtasis dura poco. “Son
adaptativos”, aclara. El dinero
puede comprar la mayoría, pero la dicha de los bienes materiales dura menos.
Por ello es más feliz aquel que
centra el bienestar en esos bienes
básicos y no los de consumo.
Además, el estudio recalca que
influyen otras variables como
la salud y el hecho de vivir o no
en un régimen democrático,
con libertad y derechos individuales garantizados. Así que, según el estudio, el viejo latiguillo
de que lo importante de la vida
es la salud, el dinero y el amor
sólo admite discusión respecto
al orden de los elementos.
En general, los índices de
contento en los países ricos son
superiores a los que declara la
población de los países pobres.
Británicos, estadounidenses y
también españoles se sienten
mucho más felices que los rusos, los ucranios o los búlgaros
(ver cuadro). En cualquier caso,

a la luz de este nuevo informe, hacerse rico, incluso si es
por la vía rápida, no es un proyecto nada descabellado.”

El éxito ¿Una ilusión peligrosa o un anhelo impostergable?

¿Soy exitoso? ¿A quién no le interesa serlo? Quizá una de las preguntas más trascendentales de nuestra vida, no la estemos enfocando por el camino correcto.

Y si la respuesta fue positiva, ¿nos preguntamos el porqué?

Aquí algunas típicas respuestas en las que seguramente nos veremos reflejados:

  1. Si, porque tengo mucho dinero, vivo en un departamento grande, soy gerentaso, super bien contactado, muchos amigos…
  2. Si, porque soy muy hábil, muy inteligente, tengo MBA del extranjero, inglés fluido…
  3. Si, porque me preocupo por las necesidades de los demás, por mis necesidades reales y estoy dispuesto a servir.

¿Alguno optó por la última opción?  No lo creo, y al final, es la verdadera razón de ser del éxito. La primera respuesta se basa en motivos extrínsecos, es decir, del entorno (plata, propiedades, (soy lo que tengo), la segunda por motivos intrínsecos (retos que cumplo) y la tercera por motivos trascendentes, es decir, el enfoque está en las personas. Soy exitoso cuando ayudo a los demás a serlo (familia, amigos, trabajadores, accionistas), y esta forma de ver las cosas, curiosamente no es excluyente, por el contrario, termina por incluir las dos primeras razones, que muchas veces son una consecuencia de vivir de cada a la tercera respuesta.

Actualmente la gente vive de afuera hacia adentro, tienen un error de enfoque. Les importa más hacer creer a los demás que son exitosos, que son felices, que en tratar de serlo realmente. Todo lo tienen en la vitrina y nada en el inventario.

En estos casos es muy importante definir para ti que es el éxito. Si vives persiguiendo el éxito de los demás, probablemente te des un portazo en la cara cuando lo consigas y veas que eso no te satisface. Cuantas veces hemos dejado muchas horas con la familia, con los amigos, para comprar algo que cuando por fin lo conseguimos, nos alegra el primer día y luego con el correr de los días, nos deja de encantar, y claro, el tiempo perdido ya no lo devuelve nadie.

Es por ello muy importante definir para nosotros que es el éxito, y hacernos las preguntas correctas para estar alineados con lo que queremos finalmente conseguir. Una primera y gran pregunta es ¿Para qué?. Ayuda mucho preguntarse, ¿Para que hago lo que hago?, ¿Para qué le dedico tanto tiempo a esto? ¿Vale la pena?

Mucha gente me dice que lo más importante en su vida es su familia, sin embargo, se han preguntado:

¿Cuántas horas trabajo al día?

¿Cuántas horas le dedico a mi familia al día?

¿Cuántas horas tengo para mi al día?

En el análisis de resultados encontraremos algunas conclusiones que podrán reorientar lo que hacemos. Al final, el tener una familia bien constituida, ayuda a ser más productivos en el trabajo. No son posiciones excluyentes sino por el contrario, complementarias. Muchas veces las causas de la baja productividad son los problemas familiares.  Robert Andrerson decía que “En todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio.”

Otro de los principales males que nos tratan de vender gato por liebre y nos hacen perseguir metas falsas es el “workaholismo” o adicción al trabajo, mal del que sufro, pero que poco a poco estoy tratando de salir (justamente escribiendo artículos como éste). Al final, no es la cantidad de horas, sino la forma de  utilizarlas, el que lo hace a uno adicto al trabajo. Nuria Chinchilla, experta enconciliación Trabajo y familia decía que “El trabajo es como un gas. Se esparce por toda la agenda, y si nos descuidamos, ocupa sin piedad cualquier hueco de tiempo libre.”  Quizá sea esa una buena medida para saber si lo somos, o estamos en camino a serlo. También existen otros síntomas como pensar constantemente en el trabajo o  buscar excusas para seguir trabajando.

Recordemos que al final uno trabaja para ser feliz, ser feliz implica vivir con la conciencia tranquila de saber que estás haciendo lo que tienes que hacer en ese momento, y la mejor forma de encontrar un trabajo que nos haga felices es en aquel que nos ayude a maximizar la remuneración emocional, es decir, la remuneración relacionada a la calidad de vida que queremos vivir para ser exitosos y la calidad de vida no es el número de cosas que tienes sino un conjunto de variables que incluyen la felicidad que puedes dar a los demás, el porcentaje de cosas que disfrutas, el tiempo que puedes dedicarle a tus seres más queridos y a ti mismo y el nivel de retos que puedes trazarte.

Pensar si soy o no soy feliz me hace infeliz

Lo sorprendente de este tema es que a veces uno piensa que ya ha escuchado todo, pero los estudios científicos continúan y siguen apareciendo nuevos indicios de como adquirir la felicidad, como gestionarla o como retenerla. A continuación algunos puntos que merecen la pena resaltarlos de varios de los principales referentes a nivel mundial.

 Hace unos días tuve la suerte de participar en un Congreso en el que el orador principal fue Tal Ben Shahar, reconocido mundialmente como el “Gurú de la felicidad”. Tal cuenta con un PHD en Conducta Organizacional  y un Master en Filosofía en Psicología. Enseña el curso más popular de la Universidad de Harvard de los dos últimos años que es Psicología Positiva, la cual depende de las pruebas y los indicadores para poder perdurar en el tiempo. Hasta hace poco, temas como la felicidad eran abordados por una psicología pop. Comúnmente en los seminarios y libros de autoayuda hay mucho entretenimiento pero cero contenido. Hablan de los “tres secretos de éxito” o los “4 caminos para encontrar el amor de tu vida”, pero generalmente son promesas vacías.

Tal define a la felicidad como un sentimiento de satisfacción y significado. Para alcanzarla, necesitamos experiencias placenteras que, a la vez, tengan sentido. Por ejemplo, si una persona se dedica a un trabajo útil, pero que no le produce placer, es seguro que terminará dejándolo. De la misma manera, si tiene un trabajo placentero, pero sin sentido, perderá el interés rápidamente. La felicidad no es algo pasajero sino un conjunto integrado de experiencias.

 En su libro Happier, nos dice que la búsqueda de la felicidad a cualquier modo, puede paradójicamente complicar el asunto.  «Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta».

 Al respecto, comenta Santiago Alvarez de Mon en su libro “El mito del líder” que situar la felicidad en términos absolutos, soy o no soy feliz, nos puede hacer muy infelices, sobre todo si tenemos motivos para ser felices.  Mujer maravillosa, hijos de los que sentirse orgulloso, trabajo tan estimulante que a menudo nos hace perder la sensación de trabajo, salud, estabilidad económica… “Si en esas circunstancias un día que no puedo tirar de mi alma, me interrogo a mí mismo sobre la felicidad, y se muestra ausente y olvidadiza, puedo estar en problemas.  Si en cambio entiendo la felicidad como una cuestión de grados, hoy podría saltar hasta el infinito, ayer sonreír era un parto, y acepto su naturaleza evolutiva, seguro que aumentan las posibilidades de que me toque la lotería.  Las alegrías y las penas son un componente inevitable de la aventura de vivir.  Encuentros inolvidable, despedidas desgarradoras, situaciones hilarantes y desternillantes, reuniones tediosas y lentas, risas contagiosas, lágrimas desbordadas, conversaciones empáticas, desencuentros repetitivos, éxitos deslumbrantes, errores clamorosos, jalonan la controvertida y dual trayectoria de nuestras vidas.  Aceptar que hoy me siento triste, que me faltan las fuerzas, que me reconozco limitado y vulnerable, y que pese a todo aspiro a seguir aprendiendo con humildad, paciencia y sentido del humor, puede ser la mejor fórmula para que la felicidad me visite con cierta frecuencia”.

Otro de los puntos sobre este tema es que solemos confundir la felicidad con la cantidad de dinero que tenemos. Grave error, ya que el dinero más allá de cierto nivel (cuando cubre las necesidades básicas) no contribuye a la felicidad.

Santiago decía que cuando tenemos las cosas al alcance de la mano, la mente se vuelve perezosa, se desentiende y se olvida de que la alegría de una fiesta depende más del estímulo de la imaginación que de cosas externas.  Esa es la lección principal que la niñez tiene que enseñar a un adulto.  En esa época, las posesiones del niño son pocas y sin valor, sin embargo, no necesita más para ser feliz.  Para el desafortunado niño que disponga de una cantidad ilimitada de juguetes, el mundo de los juegos queda arruinado.

 Cuando en nuestra escala de objetivos y necesidades el dinero no ocupa el primer lugar, suele aparecerse constantemente como consecuencia de explotar nuestros talentosos, hacer las cosas bien, y mantener el esfuerzo para hacerlas sostenidamente.

 En nuestra vida siempre hay que encontrar y recordar los momentos de felicidad, para saborearlos bien, como si hubieran ocurrido ayer, ya que nos harán falta para los días en los que nos visite la adversidad.

Por último los dejo con los consejos de Tal Ben Shahar para ayudarnos a ser más felices:

        Hagan menos pero bien, no más

       Reduzcan el multitasking, focus!!

       La gente está pasando menos tiempo con sus seres queridos por ser “exitosos”. Pasen tiempo con quienes ustedes quieren

       Haz lo que debes estáte en lo que haces.

       El problema no es el estrés sino la falta de recuperación. No huyan del estrés, ni busquen eliminarlo, por el contrario, aprendan a convivir con él.  Busquen momentos en la semana para relajarse.

¿Eres de los que maximizan o de los que se satisfacen?

Continuando con estos resúmenes de los mejores libros del mundo para mejorar, esta semana les traigo el resumen de un capítulo del libro “59 segundos, Piensa un poco para cambiar mucho”, publicado hace poco más de un año por el psicólogo Richard Wiseman, uno de los principales referentes a nivel mundial. En él, “expone los mitos modernos de la mente promovidos por la industria de la autoayuda y presenta un nuevo enfoque para el cambio que nos ayuda a lograr las metas y ambiciones en coro tiempo. En este capítulo explica que las investigaciones sugieren que a menudo utilizamos dos estrategias principales para muchos aspectos de nuestras vidas: la maximización o la búsqueda del mínimo satisfactorio. Los que optan por la maximización extrema suelen comprobar constantemente todas las opciones disponibles para asegurarse de haber elegido la mejor. Por el contrario, los que buscan el mínimo satisfactorio sólo exploran hasta encontrar algo que cubra sus necesidades. Con la maximización se logra objetivamente más, pero se tarda más en encontrar lo que se quiere y, por tanto, se reduce la felicidad, porque conlleva una tendencia a pensar demasiado en cómo podrían haber sido las cosas. Por ejemplo en un estudio sobre búsqueda de empleo los investigadores clasificaron a 500 estudiantes de 11 universidades en estas dos categorías (maximización o búsqueda de mínimo satisfactorio) y después realizaron un seguimiento de cómo buscaban trabajo. Los que tendían a la maximización acabaron teniendo salarios un 20 % más altos por término medios que los otros pero también se sentían menos satisfechos con su búsqueda laboral y caían más en el arrepentimiento y el pesimismo la ansiedad y la depresión. Si eres de los que maximizan y descubres que pasas demasiado tiempo buscando el producto perfecto puede que te ayude limitar los recursos que inviertes en algunas actividades (por ejemplo, darte sólo 30 minutos para buscarle una tarjeta de felicitación a un amigo) o asegurarte de que ciertas decisiones sean irreversibles (por ejemplo, tirando los recibos). Hay un viejo dicho que afirma que la felicidad reside en querer lo que tienes, no en tener lo que quieres. Al parecer, aunque los maximizadores consigan lo que quieren, puede que no siempre quieran lo que consiguen.

El poder del precio: Por qué una aspirina de 50 céntimos puede hacer lo que una aspirina de 1 céntimo no puede

Hoy les traigo un resumen de un capítulo de Las Trampas del deseo de Dan Ariely, muy interesante para descubrir como pensamos: “¿Nos hace sentir mejor un medicamento caro que uno barato? ¿Puedo de verdad hacernos sentir psíquicamente mejor que  una marca más barata?.

Pero ¿de qué modo influye en nosotros la sugestión?

En general, hay dos mecanismos que configuran las expectativas que hacen los placebos funcionen. Uno es la creencia: nuestra confianza o fe en el medicamento, en el procedimiento o en la persona que nos lo suministra. A veces el mero hecho de que un médico o una enfermera nos presten atención y nos tranquilicen no sólo nos hace sentir mejor, sino que además desencadena nuestros procesos de curación internos. Incluso el entusiasmo que muestre el médico por un determinado tratamiento o procedimiento puede predisponemos hacia un resultado positivo. 

El segundo mecanismo es el condicionamiento. Como los famosos perros de Pávlov (que aprendieron a salivar al oír un diapasón), el cuerpo crea expectativas a partir de una serie de experiencias repetidas. Suponga que ha pedido una pizza; cuando el repartidor toca el timbre de la puerta, sus jugos digestivos empiezan a fluir aun antes de que haya tenido ocasión de empezar a olerla.

En mi caso, por ejemplo, recuerdo vívidamente yacer en el pabellón de quemados presa de terribles dolores. En cuanto veía acercarse a la enfermera con una jeringa llena casi hasta arriba de analgésico, sentía un alivio inmediato. Mi cerebro empezaba a segregar opioides que mitigaban el dolor un antes de que la aguja penetrara en mi piel. Pero ¿y el precio?¿es posible que el precio de in medicamento influya también en nuestra respuesta a él?

Basándonos sólo en el precio, es fácil imaginar que un sofá de 4.000 euros será más cómodo que uno de 400. Por ejemplo, ¿será un analgésico barato menos eficaz que uno más caro?¿peor nuestro resfriado invernal si nos tomamos un medicamento para el resfriado que esta de oferta que si nos tomamos otro que sale más caro?¿Responderá peor nuestra asma a un fármaco genérico que a otro de la última marca  que ha salido al mercado?¿Podemos suponer que un precio más alto implica una mayor calidad?, y ¿se traducen realmente nuestras expectativas en la eficacia objetiva del producto?

¿Estamos condenados, pues, a obtener un menor beneficio cada vez que se nos hace un descuento? Si dependernos sólo de nuestros instintos irracionales, en efecto, lo estaremos. Si vemos un artículo a mitad de precio, supondremos instintivamente que su calidad es menor que la del artículo al precio normal, y entonces haremos que de hecho lo sea. ¿Y cuál es el remedio? Si nos paramos a considerar racionalmente el producto en relación a su precio, podremos liberarnos de esta tendencia subconsciente a rebajar automáticamente la calidad junto con el precio de éste.

Cuando la gente piensa en un placebo como el toque real, normalmente lo desecha tildándolo de “simple psicología”. Pero lo cierto es que el poder de un placebo no tiene nada de “simple”, y en realidad refleja el asombroso modo en que nuestra mente controla nuestro cuerpo. No está muy claro el modo en que la mente obtiene esos sorprendentes resultados. Sin duda, una parte del efecto tiene que ver con la reducción del nivel de estrés, el cambio de las secreciones hormonales, el cambio del sistema inmunitario, etc. Cuanto más conocemos el vínculo existente entre cerebro y cuerpo, más cosas que antaño parecían perfectamente claras se vuelven difusas. Y en ningún otro caso resulta esto tan evidente como en el de los placebos.

 En otras palabras: cuando se nos aleja de cualquier pauta de pensamiento ético, tendemos a caer en la deshonestidad. Pero si en el momento de la tentación se nos proporciona un recordatorio moral, resulta mucho más probable que seamos honestos.”

 

Cuanto más tenemos, más queremos

Esta semana vuelvo con el reumen de un capítulo del libro “Las trampas del deseo” del famoso psicólogo Dan Ariely, en el cual nos ayuda a descubrir las formas de raciocinio que tenemos. “Siempre observamos las cosas que nos rodean en relación con las demás. No podemos evitarlo. Y esto vale no sólo para las cosas físicas-tostadoras, bicicletas, cachorros, segundos platos o cónyuges-, sino también para experiencias tales como las vacaciones y las opciones educativas, y asimismo para las cosas efímeras: emociones, actitudes y puntos de vista.

La relatividad es (relativamente) fácil de entender. Pero hay un aspecto de la relatividad con el que constantemente tropezamos. Es éste: no sólo tendemos a comparar las cosas unas con otras, sino que tendemos asimismo a comparar cosas que son fácilmente comparables, y a evitar comparar cosas que no son fáciles de comparar.

Esta podría resultar una idea confusa, de modo que permítame que le ponga un ejemplo. Suponga que pretende comprar una casa en una nueva población a la que va a trasladarse. Su agencia inmobiliaria le lleva a ver tres de ellas, dos las cuales en principio le interesan. Una es de estilo contemporáneo, mientras que las otras dos son de estilo más clásico. Las tres cuestan lo mismo; las tres resultan igualmente deseables, y la única diferencia es que una de las clásicas (el “señuelo”) necesita un tejado nuevo y el propietario ha deducido unos pocos miles de euros del precio para cubrir ese gasto adicional.

¿Cuál de ellas elegiría usted?

Lo más probable es que no elija la de estilo contemporáneo ni tampoco la de estilo clásico que necesita un tejado nuevo, sino la otra de estilo clásico. ¿Por qué? He aquí el raciocinio (que en realidad resulta bastante irracional). Nos gusta tomar decisiones basándonos en comparaciones. En el caso de las tres casas, no sabemos nada de la contemporánea (no tenemos ninguna otra casa con la que compararla), modo que la dejamos a un lado. Pero sí sabemos que una las clásicas es mejor que la otra; esto es, la clásica con el tejado bueno es mejor que la clásica con el tejado malo. En consecuencia, preferiremos la clásica con el tejado bueno, desdeñando la contemporánea y la clásica que necesita un tejado nuevo.

Ése es el problema de la realidad: consideramos nuestras decisiones de forma relativa, y las comparamos a escala local según las alternativas disponibles. Comparamos la ventaja relativa de la estilográfica barata con respecto a la cara, y ese contraste hace  que nos resulte evidente que deberíamos gastar el tiempo extra en ahorrar los siete euros. Paralelamente, la ventaja relativa del traje más barato es pequeña, de modo que gastamos los siete euros extra.

De ahí también que resulte fácil que una persona añada 200 dólares a la factura de un banquete de 5.000 para que incluya un entrada de sopa, cuando esa misma persona se dedica a recortar cupones para ahorrar 25 céntimos en una lata de sopa de un dólar. Del mismo modo, nos resulta fácil gastar 3.000 dólares extra para añadir la opción de asientos de piel a un coche de 25.000 dólares, pero nos es difícil gastar esa misma cantidad en comprar un sofá de piel nuevo (aunque sepamos que pasaremos más tiempo en casa, en el sofá, que en el coche). Sin embargo, si pensamos en ello con una perspectiva más amplia, podemos evaluar mejor qué más podríamos hacer con los 3.000 dólares que cuesta añadir la opción de los asientos de piel al coche. Pensar con tal amplitud de miras no es fácil, puesto que nuestra forma natural de pensar consiste en hacer juicios relativos. ¿Sabe cómo hacerlo? Yo conozco a alguien que sí sabe.

“No quiero vivir la vida de un Mercedes Benz- declaró al New york times-, puesto que cuando consigues un Boxster querrías tener un Porsche, y ¿sabe qué querría tener la gente que tiene un Porsche? Pues un Ferrari.”

Es una lección que todos podemos aprender: cuanto más tenemos, más queremos. Y el único remedio para ello es romper el círculo de la relatividad.

5.788 kilómetros a pie: Vivir la pobreza es esperar todo de los demás

A continuación me he permitido transcribir el resumen de una Entrevista con Edouard y Mathilde Cortès que fue publicada el 25 de Abril en Zenith: http://www.zenit.org/0?l=spanish


«Nos hemos convertido en pobres porque esperábamos todo de los demás». Tras una caminata de casi 6.000 kilómetros, de París a Jerusalén, Edouard y Mathilde Cortès están de regreso. Explican por qué eligieron hacer esto y cómo la han vivido.

 

–La decisión de hacer esta caminata como mendigos ha interpelado profundamente a la gente. Era vista un poco como «una locura». ¿Se han arrepentido de esta decisión?

–E. y M. Cortès: Partimos a pie, sin dinero, sin teléfono móvil, mendigando la comida y un techo para dormir. Esto es loco, sobre todo en una sociedad en la que se recomienda la máxima seguridad y el mínimo riesgo. Teníamos pequeñas alforjas de cuatro kilos para Mathilde y siete para Edouard. Hemos dejado todo (apartamento, tareas, cuentas de banco…), hemos dejado a nuestras familias y nuestros amigos una semana después de nuestro matrimonio. Hemos querido despojarnos del exceso material en el que vivimos. Incluso de nuestra cuenta bancaria. Hemos elegido abandonarnos totalmente en las manos de los hombres y de Dios para ensanchar nuestro corazón. Nos hemos convertido en pobres porque esperábamos todo de los demás.

En siete meses y medio, hemos vivido con poco y no nos ha faltado nada. Hacerse pobre, llegar a ser pobre, no es un juego. Es una urgencia en nuestra sociedad donde el materialismo es un cáncer de los corazones. Es una necesidad si se quiere ir hacia el otro. Estábamos en una posición de mendigos. Hemos recibido de los hombres 103 acogidas para la noche en las casas y más de 250 comidas en familias. Nuestra supervivencia ha tenido una sola palabra: la confianza.

Por supuesto, también hemos pasado hambre. A menudo hemos dormido fuera, 82 acampadas en plena naturaleza o en lugares abandonados. Más que el pan, hemos mendigado lo que hay en el corazón de los hombres.

 

–¿Pueden describirnos uno de los momentos más duros de esta caminata? ¿Y uno de los más bonitos?

–E. y M. Cortès: 232 días, 5.788 kilómetros, sembrados de alegrías y de pruebas, 14 países atravesados, centenares de personas con las que nos hemos cruzado, esto quiere decir una multitud de bonitos momentos y una miríada de dificultades.

Lo más duro para nosotros no ha sido tener hambre o frío sino ser rechazados. Por ejemplo en Siria, sospechosos para los servicios de información, tomados por lo que no éramos, seguidos permanentemente, interrogados todos los días y de hecho en semilibertad y al borde de la paranoia. Lo más difícil fue el miedo de los hombres. Vencer sus temores, he aquí el verdadero desafío. Para esta marcha, para la vida. Era necesario aprender a volver a dar confianza y experimentar que «el amor perfecto ahuyenta el temor».

 

Los bellos momentos, son descubrir lo extraordinario en lo cotidiano. Una mano que se tiende, una puerta que se abre cuando no hay nada que dar a cambio. Especialmente, ese momento en el que tienes hambre y frío y donde sin que tú pidas nada a nadie, alguno te invita. Esto nos ha sucedido muchas veces, como ese día de bruma en Montenegro tras el paso de una colina, donde fuimos acogidos a desayunar por una familia que estaba a punto de hacer mermelada. Continuamos con cinco kilos de patatas en los sacos. Pero nuestra alegría pesaba más todavía.

 

O el recuerdo de Marta, una niña serbia de seis años que nos regaló su único juguete: «Tened, esto será para vuestro primer niño». O Ender, un rico tratante de diamantes en Turquía, musulmán practicante, que lavó nuestras ropas después de ocho días de marcha.

 

–¿Tuvieron la tentación de abandonar? ¿En qué momento? ¿Qué les ayudó a continuar?

–E. y M. Cortès: En varias ocasiones quisimos detener nuestra marcha. Los momentos de desánimo vinieron sistemáticamente tras un golpe duro: discusiones de pareja, rechazos, una agresión en Turquía, la nieve o la lluvia incesante, presiones psicológicas de los servicios de información sirios, tiro de piedras e insultos de niños en Oriente Próximo, la expulsión dos veces de los aduaneros israelíes.

 

Pero nuestra fuerza era ser dos. Raramente el desánimo nos vino a los dos a la vez. Siempre estaba uno para apoyar al otro. Y cuando hemos flaqueado juntos, Él estaba allí, para apoyar a nuestra pareja.

 

–¿Qué «lecciones de vida» extraen de esta larga marcha? En principio, a nivel humano. ¿Qué han aprendido a través de los innumerables encuentros que han hecho?

–E. y M. Cortès: Este camino ha sido para nosotros imagen de la vida. Pues se quiera o no, estamos en ruta y hay que marchar. A pesar de la lluvia, el viento, el sol que quema, los guijarros del camino… Avanzar, a pesar de los obstáculos y la fatiga. Avanzar «mar adentro», hacia el ideal. Ideal que tiene la imagen de la línea del horizonte que no se alcanza nunca, en esta tierra. Toda vida humana es aventura. Asumimos sus riesgos porque de ellos depende una eternidad. Fue un viaje de luna de miel para lo mejor y para lo peor. Hemos visto hombres con el corazón duro y cerrado. Hemos visto el poder del mal y la injusticia. Y por primera vez de manera tan viva lo hemos sentido y experimentado en nuestros corazones y nuestras carnes.

 

Hay hombres de gran corazón. Se cree poco en ellos porque son a menudo discretos o están ocultos. No hablan de caridad, la viven. Con ellos es posible un verdadero encuentro, entre el que acoge y el que recibe. Entonces la alegría se comparte. Surge una armonía y la lengua que era una barrera ya no sirve. Se da un corazón a corazón donde el pobre es tan feliz como el que da. Como si la hospitalidad que practicaban nos humanizara y a ellos con nosotros. Como si lo que daban gratuitamente les trascendiera y a nosotros con ellos.

 

Hemos ido a la escuela de la sencillez: tomar el tiempo como viene, a la gente por lo que es. Durante siete meses y medio, hemos llevado las mismas ropas, comido lo que se nos daba, bebido con la misma sed agua, alcohol, café, té. Como los metrónomos de la ruta, hemos vivido al tic tac del corazón, dejando la prisa y el tiempo a aquellos para los que la vida es una carrera.

 

En fin, hemos hecho la experiencia del esfuerzo y del sacrificio. Hemos sobrepasado muy a menudo nuestros límites. Físicamente, psicológicamente, cuando se está al borde, o cuando se cree estarlo, siempre hay una parte de posibilidad en el Hombre. Esto nos invita a la Esperanza. La ascesis no está de moda. Poco importa, la hemos vivido todos los días. Los hedonistas se burlarán, pero hemos descubierto la alegría profunda que hay en prodigarse por más grande que se sea. Un camino de cruz que se acepta es un camino de alegría.

[La segunda parte ha sidoi publicada en Zenit el 28 de abril de 2008 ]

Por Gisèle Plantec, traducido del francés por Nieves San Martín

La felicidad y la asignación del tiempo

1En los últimos años, la ciencia de la felicidad ha nacido como una nueva área de investigación que intenta definir qué es lo que nos hace felices. Y es que a pesar de los avances económicos cada vez menos personas se sienten felices, dejando evidencia que no siempre la relación dinero – felicidad es directamente proporcional.   

Al respecto, hace poco leí uno de esos artículos que te cambian la forma de ver la vida, el cual me he permitido resumir con la venia de mi profesor y autor del estudio sobre el dinero y su relación con la felicidad, el Sr. Manel Baucells, Profesor Principal de Gestión de Personas en el IESE de Barcelona. 

En nuestro mundo está tan arraigada la creencia de que el dinero compra la felicidad, que muchos que se la creen terminan estrellándose contra una realidad esquiva y diametralmente opuesta a ese razonamiento. Si bien es cierto, el dinero no da la felicidad, pero sí la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas mas afortunadas, lo cual disminuye nuestra felicidad.   

Se puede ser feliz con el mismo sueldo

Muchas veces las personas hablan de la falta de dinero como una de las causas de sus males. Atribuyen que por eso no pueden ser completamente felices, que no tienen todo lo que desean y que siempre les está faltando algo para ser “iguales” a los demás, incluyendo en “todos los demás” a unos pocos que pueden tener alguna superioridad en un bien material por ejemplo. Sin embargo, el dinero no siempre les permitirá cubrir las necesidades y lograr satisfacciones, y una vez que lo obtienen, se dan cuenta de que igual les sigue faltando otros bienes. 

Para Baucells, el problema parte de mucho tiempo atrás. Explica en su estudio que la economía tradicional consideraba todos los bienes como básicos, y para nosotros en cambio, existe una enorme diferencia entre la felicidad que proporcionan los bienes básicos y los adaptativos. Un bien básico satisface una necesidad objetiva y genera siempre la misma cantidad de satisfacción; en cambio, un bien adaptativo  proporciona una satisfacción subjetiva y variable según las propias expectativas y las referencias.

Por ejemplo, tener un auto es un bien básico, pero cuando pasas del Toyota del 90 a la Porsche Cayenne del año, lo conviertes en un bien adaptativo. Un Toyota antiguo puede proporcionar mucha satisfacción y una Porsche muy poca…, si la comparas con el Ferrari del vecino.  

A los deportistas profesionales por ejemplo, les ocurre igual. Una encuesta reveló en 1995 que los medallistas olímpicos de bronce estaban más contentos que los que habían ganado la de plata, ya que se comparaban con aquellos que no habían subido al podio, mientras los clasificados en segundo lugar tenían pesadillas porque creían que se les había escapado la medalla de oro.  

El tema es que se puede vivir feliz aunque no te envidien. Vivimos pendientes de lo que los demás piensan de nosotros, es más, nos pasamos más tiempo haciendo creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo, pero los demás están demasiado preocupados por lo que tú piensas de ellos para fijarse en ti. Es decir, que tu te compras la 4 x 4 para quedar bien con todos y para lucirla, y en realidad a la gente le importa un pepino tu 4 x 4.  

¿Con más dinero se puede comprar más felicidad?

En una encuesta del 2006 realizada en los Estados Unidos, se preguntó a la gente que especificara el factor que más mejoraría su calidad de vida, y la respuesta más frecuente fue “más dinero.” De hecho, todos los indicadores del grado de felicidad han permanecido intactos en todo el mundo a pesar de aumentos de la renta media considerables. Un claro ejemplo de esto es Japón, en el que la el PBI per cápita se ha quintuplicado en los últimos años, y sin embargo casi no se ha incrementado el nivel medio de satisfacción. Y es que ello se explica porque la felicidad depende también de otros factores además del dinero, como las relaciones familiares, los amigos, la salud, el trabajo,  ambiente externo (libertad, seguridad, etc.) y valores personales (visión de la vida, religión y espiritualidad).  

Una forma de autoengañarse es decir que nosotros compramos para nosotros mismos, nos convencemos de que lo compramos porque lo necesitamos, cuando la verdadera causa a menudo es impresionar al resto. En cualquier caso la satisfacción y la insatisfacción siempre se obtienen al momento del incremento o decremento del estatus, después se diluyen. Es decir, el aumento de sueldo alegra el primer día, si te sacas la lotería igual, a los cuatro días te has acostumbrado a tus nuevos millones y ya envidias a tus nuevos vecinos que tienen más…Incluso puedes llegar a sentirte mas pobre que antes de la lotería.  

La otra variable mencionada en el Estudio de Baucells es nuestra incapacidad de racionalizar las proyecciones. Creemos que el nuevo auto nos reportará tanta satisfacción durante los próximos cinco años como los cinco primeros días y no es así. En general, es más feliz quien edifica su felicidad sobre los bienes básicos y posterga los adaptativos. A partir de un nivel de renta determinado, la felicidad no aumenta significativamente por mucho que lo hagan los ingresos.  

La felicidad y la asignación del tiempo

Otra conclusión del estudio es que la mala asignación del tiempo entre el trabajo y  la vida personal es otra de las causas de la insatisfacción. El problema está en sobreestimar la satisfacción que nos pueden dar los bienes y por consiguiente asignar un porcentaje del tiempo superior al debido para conseguirlos. ¿Qué podemos hacer al respecto? Vale la pena preguntarse si uno se siente feliz habiendo tenido que trabajar 4 horas más de lo normal cada día para vivir en un departamento más lujoso en una zona donde sigue habiendo gente más rica que uno, pero a costa de haber perdido horas valiosísimas de disfrutar con la familia, con los amigos. Quizá hubiera sido más inteligente pensar si nos interesaba entrar en esta batalla o no y en todo caso compararnos con los demás en como ser mejor que ellos otro en términos de logros, virtudes, valores, más que en términos de bienes adquiridos. 

Finalmente, Manel Baucells recomienda que a través de algunas actividades como las prácticas espirituales, la meditación o el rezo, uno pueda obtener una mejor perspectiva de la vida y reducir los efectos perjudiciales de la comparación. Recomienda también no retrasar las cosas. Anticipar lo malo es lo inteligente, también lo es dilatar la gratificación de las cosas positivas.  La lección es que deberíamos programar racionalmente en el tiempo, la gratificación que nos reportan nuestros ingresos. Por ejemplo si tenemos un aumento de sueldo, no hacer todas las cosas de golpe y graduar el incremento de satisfacción. Lo mejor es ir subiendo poco a poco de nivel sin cambiar las referencias anteriores.  

Quizá el secreto de la verdadera felicidad como dicen, mas allá del tema económico, está en querer lo que uno hace mas que en hacer lo que uno quiere. Y es que Las personas más felices no siempre tienen lo mejor de todo, sólo saben sacar lo mejor de lo que les pasa en su camino.