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Vivir es una cuestión urgente

Hace un par de semanas murió un familiar de un amigo cercano, al buscar algún texto para enviárselo, encontré éste en el que Santiago Alvarez nos deja ideas claras de lo importante de aprovechar la vida. Y es que cómo vivimos nos permite darnos una idea de cómo moriremos. Nos dice lo siguiente: “Si se han hecho los deberes, si se ha sido íntegro, es decir, si ha habido correlación entre los valores, principios e ideales que se proclaman, y los comportamientos y actos de nuestra vida, si uno se ha viciado con alegría y naturalidad, no a impulsos dirigidos por escrúpulos culpabilizadores, se hace factible lidiar el toro final con un estado de ánimo sereno y esperanzado. 

Jorge Borges tiene un poema tremendo, titulado «El remordimiento»:

“He cometido el peor de los pecados

Que un hombre puede cometer            
No he sido feliz.              
Que los glaciares del olvido       
me arrastren y me pierdan despiadados.           
Mis padres me engendraron para el juego        
arriesgado y hermoso de la vida,            
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé.  No fui feliz.         
Cumplida no fue su voluntad.  
Mi mente se aplicó a las simétricas porfías         
del arte, que entreteje naderías.           
Me legaron valor.  No fui valiente.         
No me abandona, siempre está a mi lado,         
la sobra de haber sido un desdichado.”

Si algo nos debiera enseñar la pérdida de seres queridos es que vivir es una cuestión urgente.  Amar, confiar, creer, esperar, conversar, perdonar, decidir, abrazar, actuar, es urgente.  ¿De qué nos arrepentimos los hombres y las mujeres?  Salvo algún tarado que sólo piensa después de haber actuado, los demás lamentamos aquello que no hemos hecho.  Si hubiera cambiado de carrera a tiempo, si hubiera dejado la empresa antes, si no le hubiera insultado en aquella discusión, etc.  La cantidad de lamentos y nostalgias puede ser tan grande que nos deje una huella indeleble en nuestro estado de ánimo.

Continúa diciendo que la vida es aquello que ocurre, que acontece, que fluye, una vez que hemos hechos nuestros deberes, que hemos cumplido nuestras tareas.  Entonces, como consecuencia de ello, soñamos y vivimos.  ¿Fácil propuesta?  En absoluto, que nadie se engañe.. Es un desafío para mentalidades sabias y fuertes. Los muros existen para darnos la oportunidad de demostrar hasta qué punto deseamos algo.  Los muros están para frenar a la gente que no desea suficientemente algo.  Están para frenar a los demás.

Entre la realidad, con sus pros y sus contras, y la alternativa idealizada, siempre gana esta última.  Entre la realidad llena de compromisos y deberes y la alternativa mitificada, se impone ésta desangrándonos en el oportunismo e injusticia de una comparación irreal.  Por tanto, en cuanto una voz interior susurre acciones y decisiones suficientemente ponderadas y asumidas, lo mejor es seguir sus dictados.  Si no, el futuro nos mostrará el presente, hoy, transformado en pasado hipotecante.

Aves de paso

dsc005001Hoy me enteré que murió un amigo de 49 años haciendo deporte. Hace dos semanas le detectaron un tumor maligno a una tía. Estos dos hechos tan seguidos me han hecho recapacitar sobre la única cosa que tengo segura en esta vida, que es la muerte, haga lo que haga, pasará a recogerme.

 

Uno lee siempre en los diarios que hay países en los que la gente muere como si nada, pero es cuando te toca vivirla en carne propia, ya sea la tuya o la de un ser querido, cuando le tomas mayor importancia, cuando realmente te impacta. ¿Alguna vez nos hemos puesto a pensar en eso? ¿Estaremos preparados para darle la bienvenida?

 

Al respecto, decía el Papa en su discurso de comienzos de mes por el día de todos los muertos que la muerte prematura de una persona que nos es querida supone una invitación a no detenerse viviendo de modo mediocre, sino a tender lo antes posible hacia la plenitud de la vida, es decir a dedicarse a vivir como si fuera el último día de nuestra vida, y esto no significa vvir pesimistas ni deprimidos, sino todo lo contrario, entusiastas,  terminando el trabajo muy bien hecho, buscando apoyar a los que te necesitan, teniendo rectitud de conciencia en el obrar, porque de esa manera, no habrá nada que temer si llega el momento.

 

Continuando con lo que dijo El Papa, recordó que “si Dios llama a sí a un justo antes del tiempo, es porque sobre él tiene un diseño de predilección que nosotros no conocemos. Existe un contraste entre lo que aparece a la mirada superficial de los hombres y lo que en cambio ven los ojos de Dios. El mundo considera afortunado a quien vive muchos años, pero Dios, más que a la edad, mira la rectitud del corazón. Todo acaba, todos en este mundo estamos de paso. Sin embargo, quien acoge a Dios puede vivir ya durante su existencia terrena un anticipo de la eterna ya que es la felicidad a que aspira en profundidad el corazón de todo hombre”.

 

Conversaba hace un tiempo con un amigo sobre el tema que me decía, si pues, puede que tengas razón, pero todavía soy joven, cuando tenga 60 años ya me dedicaré a cambiar mi estilo de vida. Le comenté, el día que la torre de Pisa se caiga, para que lado crees que se va a caer? Obviamente para el lado que ha estado inclinada durante toda su vida. Pues lo mismo con nosotros, el día que nos toque, nos agarrará del lado que hemos escogido vivir.

 

Mi papá, extraordinario médico, escribió un folleto sobre la muerte que se llama “Una puerta que se abre al amor.” En resumen, lo que él explica es que la vida no se pierde, solo se cambia, y es un cambio para bien, porque Dios siempre “cosecha” en el mejor momento. 

 

Les copio algunas frases del folleto que seleccioné y que me parecieron muy ciertas:

 

  • La muerte es bifronte, tiene dos caras: una da hacia nosotros, los que nos movemos en el tiempo; es más bien fea, triste, deforme, repugna al poco de producirse. Pero tiene otro rostro, el que da a la eternidad. Éste es como el rostro de un niño recién nacido, porque el día de la muerte es, «el día del verdadero nacimiento», porque inicia la vida que ya no muere. Es un cambio ventajoso.

 

  • A los “otros”, la muerte les para y sobrecoge. -A nosotros, la muerte -la Vida- nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin: para nosotros, el principio. (Camino, 738)

 

  • Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una bendición, porque le ahorra un buen tiempo de purgatorio.  

 

  • Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?… ¡Vivir!

 

  • La muerte llegará inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tantos. A unos, porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre… No cabe, en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como un fin.

 

  • ¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres.

 

No tengas miedo a la muerte. Vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga. “En esta vida todo tiene arreglo menos la muerte, y la muerte, lo arregla todo.”

 

La muerte, aquella indeseable

Ayer me pasaron un video muy bueno que adjunto al final de este artículo en el que un profesor de la Universidad Carnegie Mellon de USA da a sus alumnos su última clase porque que ha sido informado que tiene un cáncer terminal. Pero lo mejor de esto es la manera como toma la adversidad y hace limonada del limón, es decir, le saca provecho a todo lo que le pasa.

 

Y es que así llegan los problemas, sin pedirlos y sin pensarlo, cuando uno menos lo espere, y así seguramente nos llegará también la muerte. Decía Joaquín Sabina que la muerte es una amante despechada que juega sucio y no sabe perder. Es la única cosa segura en esta vida, porque a todos nos llegará, a unos ya con una edad avanzada y a otros muy jóvenes, pero será cuando más nos convenga. Dios no es un cazador que aprovecha el primer descuido de la presa para cazarla sino es un buen hortelano que sale a la cosecha de la fruta en su mejor momento, en el que más le conviene, ni antes, ni después.

 

Mucha gente se ha prohibido inconcientemente hablar sobre ella y planteársela en serio con el pretexto de no complicarse la vida. Ya lo decía Santiago Alvarez de Mon “Puerta negra, impasible y desaborida, ha sido trasladada al sótano lejano, profundo y tenebroso, allí se le tiene a raya. Nadie baja, solo cuando aporrea salvaje y se lleva a un ser cercano, se la mira de reojo, y se ahogan sus preguntas en una febril actividad.”

 

El mismo Santiago nos cuenta en su libro “Desde la adversidad” la historia de José Carreras, aquel extraordinario tenor diagnosticado con cáncer: “Un viajero de paso, sólo se alojó en el viejo caserón una temporada corta pero intensa, no tuvo más remedio, mal que le pesara, de mantener la mirada. La muerte le guiñó un ojo…él le contestó que se tomara un valium, que se esperara, y desde entonces, aunque la respeta, ya no le tiene miedo. Se registró en recepción bajo las siglas de J.C., responden al nombre de Joseph Carreras.  El, agradecido a la vida, curado de un cáncer, escucha y responde a una voz que le sugiere hacer algo por los demás. El servicio a la comunidad más necesitada, en este caso los enfermos de leucemia, es parte de su pirámide motivacional.”

 

Otro de los casos a destacar es el del ciclista campeón del mundo Armstrong, también diagnosticado con cáncer a los 25 años, quien ha tenido varios encuentros con la muerte. Nos cuenta en su libro: “La víspera de la intervención quirúrgica en mi cabeza, por la noche, pensé acerca de la muerte. Me pregunté por mis valores más auténticos y definitorios. Me cuestioné si en caso de morir quería hacerlo peleando o entregándome pacíficamente. ¿Qué carácter mostraría en ese crítico momento? ¿Estaba contento con mi vida, con lo que había logrado hasta esa fecha? Pensé que básicamente era una buena persona, aunque hubiese podido ser mucho mejor. Medité sobre todo aquello en lo que de verdad creía, nunca he rezado mucho, pero sentí que tenía la capacidad para ser una persona espiritual, que tiene unas creencias sólidas y fervientes. Sencillamente, creía que tenía la responsabilidad de ser una buena persona. Y eso significa ser trabajador, honesto, justo y leal.”

 

Cuantos de nosotros tenemos reprimidas esas preguntas, que sólo aparecerían en momentos tan críticos como ese, y la pregunta es ¿vale la pena llegar a ese momento para preguntarlas?

 

En el juicio final Dios preguntará como hemos administrado nuestra vida. No somos propietarios de nuestras vidas sino administradores, nos encargamos de que nuestra vida dé frutos. Es un examen en el cual ya sabemos las preguntas, y además es el más importante y decisivo de nuestras vidas, porque una vez entregado ya no hay nada que se pueda hacer.

 

Se trata de aprender a vivir mejor porque si vivimos mejor moriremos mejor. ¿Te has preguntado alguna vez por la muerte?

 

Antes que me olvide, los dejo con el video que les prometí al inicio, realmente buenísimo, véanlo: http://www.latercera.cl/contenido/44_33682_9_0.html

Que sentido tiene mi vida?

11A continuación en este y el próximo artículo, resumiré algunos de los fragmentos mas importantes del libro “El hombre en busca de sentido” de Victor Frankl (el de la foto), un psicólogo que vivió en carne propia el estar en campos de concentración y que sintió en un comienzo lo que era una existencia vacía para luego cambiar y escribir este libro que ha sido traducido a mas de 20 idiomas y considerado uno de los 10 libros mas influyentes de todos los tiempos por la Library of Congress en Washington, en el cual habla sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir que la vida tiene un sentido, que todos tenemos una misión en ella, y que es digna de ser vivida. 

“Consideremos a continuación lo que podemos hacer si un paciente nos pregunta cual es el sentido de su vida. Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un campeón de ajedrez: “Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada que puede hacerse?” Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay ninguna que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar personalidad del oponente.

No deberíamos buscar un sentido abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto.   Los hechos que parecen robarle el sentido a la vida incluyen no solo el sufrimiento o la angustia, sino también la muerte.

El pesimista se parece a un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque, colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el futuro que les espera? “No, gracias”, pensará. “En vez de posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso aunque no inspiren envidia”. 

Y eso justamente porque en la vida todo tiene un sentido, nada pasa por casualidad, si sufrimos siempre es por algo, es una oportunidad enviada del cielo para hacernos mas fuertes, para hacernos mejores. Una persona que le da un sentido a su vida, un “por qué vivir” que trascienda lo puramente terrenal, es significativamente mas feliz que una persona que piense que aquí abajo termina todo, porque vivirá con esperanza, con ilusión del premio que recibirá, vivirá despegado de los bienes de la tierra, porque sabe que lo que hace tiene un sentido, tiene una misión que va mas allá de ganar mas dinero, de sentirse cómodo acá en la tierra y sabe que eso a la postre es lo único realmente importante en su vida, y sabrá enfocar ésta hacia esa dirección.

Dios existe, yo me lo encontré

5Hace ya tiempo que quería escribir un artículo sobre André Frossard, uno de los mejores escritores de esta era. No encontré mejor opción que transcribirles de él mismo, una suerte de recopilación de hechos que lo hicieron cambiar rotundamente de pensar, dado que era un ateo recalcitrante,  y encontrar a Dios. 

Creo que cae a pelo para muchos de nosotros en los que existe un catolicismo displicente que se saca del armario para los bautizos, las comuniones, los matrimonios, los funerales y nada mas.  

André Frossard nació en Francia en 1915. Fue educado en un ateísmo total. Encontró
la Fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde “católico, apostólico y romano”.
 

Nos lo cuenta él mismo: “Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por
la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema.
 

Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (…)No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios. 

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de
la infancia… Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel…
 

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, el cual  me fascinaba. Era un león, escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón.  

En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (…) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados. 

Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie. 

Mi madre vendía al pregón el periódico de
la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a
la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (…)
 

Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión”. 

Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo de
la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: “Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.
 

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito. 

Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios. 

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. 

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable. 

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados. 

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (…) 

Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (…) 

Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó. 

Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia”, dijo, un efecto de la “gracia” y nada más. No había por qué inquietarse. 

Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia. 

Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella”. 

Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio de
la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.
 

En 1985 fue elegido miembro de
la Academia y trabajó en
la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.
 

Para saber mas sobre el, basta que ingresen a Google y pongan su nombre o algunos articulos en http://humanitas.cl/biblioteca/articulos/d0091/ o http://www.almudi.org/App/Asp/Noticias/noticias.asp?n=1102

Y si existe el mas allá?

eAyer fui a ver el concierto de Mark Anthony al que fueron 25,000 personas mas. En algún momento sentí que si había terremoto la muerte era segura por la cantidad de gente, y me llevó a pensar sobre mi siguiente artículo de este blog, hacía tiempo que no escribía nada sobre mi sección de ideas para morir mejor, algo medio trágico pero es lo único seguro en esta vida. Lo primero que hay que tener claro es la necesidad de estar bien preparados siempre. Para ello he resumido parte de un capítulo del libro Existencia del Mas Allá, de Antonio Royo, que me pareció muy útil, en el cual nos comenta que posición debemos tomar hoy y ahora sobre este tema.

“Vamos a fingir, vamos a imaginarnos que la fe católica no dijera nada sobre la existencia del mas allá. Es absurda tal posición, puesto que tal existencia constituye la verdad primera y fundamental, pero vamos a imaginarnos, por un momento ese disparate. Cual debería ser nuestra actitud en semejante suposición? Que debería hacer cualquier hombre razonable, no ante la certeza, pero si ante la posibilidad de la existencia de un mas allá con premios y castigos eternos?Veamos lo que ocurre con las cosas e intereses humanos.

Existen infinidad de Compañías de Seguros para asegurar un sin fin de cosas inseguras, sobre todo, cuando se trata de cosas que vale la pena asegurar. El que vive en una casa de esteras, no tiene porque preocuparse de asegurarla, pero el que posee una vivienda en la que ha invertido recursos, hace muy bien en asegurarla con un posible incendio, porque para él, un incendio podría representar una catástrofe irreparable. Ahora bien, al hacer un seguro contra incendios, está convencido de que el incendio pasará efectivamente? Está casi seguro de que no se producirá porque no es probable. Es simplemente, posible, nada más. Y como tiene mucho que perder, lo asegura y hace muy bien.

Traslademos esto del orden puramente natural y humano, a las cosas del alma, al tremendo problema de nuestros destinos eternos, y saquemos la consecuencia. Señores, aunque no tuviéramos la seguridad absoluta, ciertísima que tenemos ahora, aunque no fuera ni probable, sino meramente posible la existencia de un mas allá con premios y castigos eternos (he dicho bien: premios y castigos eternos), la prudencia mas elemental debería llevarnos a tomar toda clase de precauciones para asegurar la salvación de nuestra alma. Porque si efectivamente hubiera infierno y nos condenáramos para toda la eternidad, lo habríamos perdido absolutamente todo para siempre.

El argumento señores, no tiene vuelta de página. Si resulta que hay infierno, que terrible chasco se van a llevar los que no piensan en el mas allá, los que gozan y se divierten revolcándose en toda clase de malos placeres, o también los que son sencillamente “buena gentes, no le hacen mal a nadie”, pero tampoco se preocupan por mejorar, por vivir cara a Dios. En cambio nosotros no. Los que estamos convencidos de que hay una eternidad, los que vivimos cristianamente no podemos desembocar en un fracaso eterno. Aun suponiendo (que no lo supongo) que no existe un mas allá después de esta pobre vida, que habremos perdido con vivir honradamente?”

Como ven, a la hora de la muerte, uno se juega todo a una carta y a veces corremos el riesgo de pretender tomar el último tren, es decir, intentar cambiar recién cuando ya estamos viejos y sabemos que se nos viene pronto, pero y si lo perdemos? Si llega antes?.

El hombre que no tiene tiempo para pensar

Chontinuando con este ciclo de artículos relacionados a “Ideas para morir mejor”, copio un resumen del siguiente capítulo del libro de Antonio Royo, un especialista en el tema­:Existe el mas allá?

Desde los primeros siglos se enfrentan dos concepciones de la vida completamente distintas, la concepción materialista, irreligiosa y atea que no se preocupa sino de esta vida terrena, y la concepción espiritualista, que piensa en el mas allá.La primera podría tener como símbolo una sala de fiestas, un salón de baile y en el frontis esta inscripción: “No hay mas allá”. Por consiguiente vamos a gozar, vamos a divertirnos, vamos a pasarla bien en este mundo. Placeres, riquezas, aplausos, honores…Comamos y bebamos que mañana moriremos. Concepción materialista de la vida, señores.

Pero hay otra concepción, la espiritualista, la que se enfrenta con los destinos eternos, que cree en el mas allá y que en su frontis dice “Hay mas allá. De que le sirve al hombre ganar el  mundo si pierde su alma?”.He aquí la disyuntiva que tenemos planteada. No podemos encogernos de hombros ni permanecer indiferentes porque estamos ya embarcados. Podría comprender la carcajada del incrédulo, irreflexivo que no vive mas que para sus placeres, sus caprichos, porque es un insensato, un loco, que no se ha planteado nunca en serio el problema del mas allá, pero una persona que tenga un poquito de fe y otro de sentido común que diga “La eternidad, que me importa eso”. Eso no lo comprendo.

No hay incrédulos de cabeza, pero si muchísimos de corazón. No creen porque no les conviene creer, porque saben que si creen tendrán que sustituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita, etc, y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir entregados a toda clase de placeres. Y para poder hacerlo con relativa tranquilidad se ciegan a si mismos. No quieren creer no porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.

Señores, cuando el corazón está sano, cuando no tenemos nada que temer de Dios, no dudamos en lo mas mínimo de su existencia. Ya lo dijo San Agustín, para el que quiere creer tengo mil razones, para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.

Ideas para morir mejor

tEl título de este blog, como saben es ideas para vivir mejor, aunque pensándolo bien, si finalmente vamos todos a morir, por qué no escribir también sobre como morir mejor, al final, es lo mas importante, porque es lo único seguro, no creen? La mejor idea sobre como vivir mejor es saber como prepararse para la otra vida. Al final, esto es solo “una mala noche en una mala posada”, es un “sueño amargo” del que despertaremos para vivir recién en nuestros destinos eternos, el cielo o el infierno. Dicen que todo tiene arreglo menos la muerte y la muerte lo arregla todo.  Y en el momento de nuestra muerte, iremos inmediatamente a un juicio final, en el que Dios nos hará una sola pregunta: “Cuanto me amaste?”. Es un examen, un juicio en el cual ya sabemos la única pregunta y es el examen mas importante de nuestra vida.  Así que por esta razón me animé a buscar ideas sobre el tema y me encontré con un libro que es realmente una joya, que se llama Existencia del mas alla, de Antonio Royo. A continuación, y en mis siguientes artículos publicaré algunos extractos del libro que habla sobre el mas allá. Pero descuiden, esto no es un artículo barato sacado de una revista de belleza ni nada por el estilo, pueden confiar al 100% en lo dicho en el libro. En esta primera parte veremos solamente porque es importante enterarse del tema:

“La principal razón que me motivó a escribir sobre ello es su trascendencia. Ante él, los demás problemas que se pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de pequeños o sin importancia. Por ejemplo, preguntemos en la calle a un obrero que va a su trabajo: A donde vas? Y me dice: Yo? A trabajar. Y para que quieres trabajar? Pues para ganar un sueldo. Y el sueldo, para que lo quieres?, Pues para comer. Y para que quieres comer? Pues, para vivir!. Y para que quieres vivir?

Se quedará sorprendido creyendo que me estoy burlando de él. Y en realidad señores, ésta última pregunta es la definitiva: para que quieres vivir? Cual es la finalidad de tu vida sobre la Tierra?, Que será de ti después de esta vida terrena? Señores, estas son las preguntas mas trascendentales, el problema mas importante que se puede plantear un hombre sobre la Tierra, el de nuestros destinos eternos.”

 Les recomiendo leer este libro. Posteriormente encontrarán que realmente existe un infierno. Dios no condena, sanciona aquello que el alma elige, por eso la importancia de
la confesión. En el infierno hay dos tipos de penas, de daño y de sentido.
La de daño es el inmenso vacío  de Dios, odio, desesperanza sin tregua, remordimiento sin arrepentimiento. La pena de sentido es el fuego eterno que quema, que carcome, es el rechinar de dientes eterno. El purgatorio en cambio, es esperanza porque ya forman parte de
la iglesia. Privación de Dios pero que es temporal, también hay una pena de sentido, que es un fuego purificador. Finalmente el cielo, se dice textualmente que: ni ojo vio, ni oído oyó, lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman, y lo mejor de todo es que es para siempre, siempre, siempre. Los planes de Dios son para que gocen en el cielo, tenemos un sitio reservado con nuestro nombre.
 La continuación de este artículo la publicaré en los siguientes Lunes, si les interesa el tema reenvíen esta web a su gente, y si no mándenme un comentario y me dicen que temas les interesarían. Mas información sobre el autor la pueden encontrar en http://www.spiritusmedia.org/masalla.html