Ideas para vivir mejor

Entradas de Marzo 2009

Lecciones para trabajar mejor de un número uno del mundo: Rafa Nadal

Marzo 29, 2009 · 2 comentarios

rafael_nadal-fullLa semana pasada leyendo los artículos del Boletín mensual de Wharton, una de las más prestigiosas escuelas de negocio en el mundo, me encontré con este artículo escrito sobre el Rafa Nadal, el mejor tenista del mundo en la actualidad.

 

Me pareció muy curioso porque uno suele tener la idea de que este tipo de personas son superdotadas que nacieron así y que conseguir ese tipo de logros se les hace fácil porque ya nacieron con ese don especial. Y la verdad es que al leer este artículo que sigue a continuación se darán cuenta de que poco de eso ocurre realmente. La escuela de negocios IESE, se ha encargado de utilizar su figura para analizar la importancia de identificar y gestionar el talento desde la infancia.

 

Pero, ¿qué puede aprender un trabajador como cualquiera de nosotros de Rafa Nadal? Según el IESE, hay diez lecciones claves:

 

  1. Talento. Cada persona nace con un talento diferente. La clave está en elegir una profesión que permita desarrollarlo. Si bien el talento está marcado por la genética, es necesario entrenarlo para que aflore con fuerza. Rafa Nadal empezó a jugar al tenis con cinco años, a los siete ganó su primer campeonato, a los doce se proclamó campeón de Europa en su categoría y a los 22 años fue proclamado número uno del mundo.
  2. Carácter. El tenista español es un ejemplo de cómo un carácter fuerte y decidido puede impulsar una carrera hasta la cima. Junto al talento, el carácter es el segundo motor de un tándem invencible.
  3. Aprendizaje. En el deporte y en la empresa, es necesario tener una relación natural con el error y estar dispuesto a emprender. En Nadal, no todo es técnica, sino también control mental e inquietud por aprender constantemente. Hasta desbancar a Federer como número uno del mundo, el español fue derrotado en varias ocasiones por su rival.
  4. Valores. Antes de llegar a ser el número uno, hay que trabajar valores como la humildad para tener raíces sólidas para afrontar el éxito, pero también para saber diferenciar a la persona que está detrás del personaje deportivo y mediático.
  5. Equipo. Un tenista es un ejemplo de un competidor en solitario en la pista, pero siempre cuenta con un equipo que le apoya. El entrenador o el manager ejercen como asesores fuera del terreno de juego, pero una vez que el partido ha comenzado, la responsabilidad recae íntegramente en el tenista, al igual que en el ejecutivo. En la soledad del poder, siempre hay compañía en la sombra.
  6. Mentalidad positiva. Hay deportistas que pierden un partido antes de jugarlo. El secreto radica en ver el problema y convertirlo en oportunidad, aunque para eso, además de perspectiva, también hay que ejercitar la fortaleza mental para dar lo mejor en los momentos más difíciles.
  7. Entorno. El entorno familiar es clave no sólo a la hora de recordar a una estrella mediática quién es y de dónde viene, sino también cuando se está forjando su personalidad.
  8. Coach. Una persona con talento suele ser la última en darse cuenta que lo tiene. La labor del buen coach es identificarlo, seleccionarlo y adiestrarlo correctamente para que éste se desarrolle. En el caso de Nadal, fue su tío Tony quien descubrió el talento del pequeño cuando éste tenía tres años y, al final, se convirtió en el entrenador del número uno del mundo.
  9. Presión. La única forma de soportar la presión de la alta competición es relativizar y saber que hay algo más que ganar una copa.
  10. Colaboradores. El riesgo de un alto ejecutivo o de un deportista de élite es rodearse de gente que sólo dice lo que uno quiere oír.

 

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Empeñarse en la propia felicidad, camino seguro a la depresión

Marzo 22, 2009 · 1 comentario

couple20pictureUno de los errores más extendidos acerca del matrimonio es casarse para ser feliz. Julían Marías ha definido a la felicidad el “imposible necesario”, la gran paradoja, porque todos tenemos necesidad de ser felices pero no acabamos de conseguirlo en esta vida.

 

Ya lo decía Kierkegaard: “Curiosamente, la puerta de la felicidad no se abre hacia dentro, quien se empeña en empujar en ese sentido sólo consigue cerrarla con más fuerza. Se abre hacia fuera, hacia los otros”.

 

Empeñarse en la propia felicidad es billete seguro a la depresión y a la frustración. La felicidad, nos dice Javier Cuadras en su excelente libro, “Después de amar, te amaré”, es como el sueño en una noche de insomnio: cuanto más se concentra uno en aprehenderlo,  más esquivo se hace. Sin embargo, si, como dicen los especialistas en sueño, uno  se olvida, se levanta, lee…entonces es más probable que el sueño acuda.

 

La conclusión de esto es que uno no va al matrimonio para ser feliz, sino para hacer feliz, que el compromiso del amor es la felicidad del otro, no la propia, porque a nadie se le oculta que si la única o la primera felicidad que buscamos es la nuestra, no amamos al otro, sino a nosotros mismos, cosa, por otra parte, bastante natural. Amar a los demás requiere esfuerzo. Pero es un esfuerzo muy bien remunerado: olvidarnos de nuestra felicidad tiene como recompensa esa misma felicidad. La experiencia de cada uno de nosotros lo confirma.

 

No busquemos la alegría en grandes profundidades. Desde luego, como recuerda Martí, lo primero es la paz interior, con ella, la alegría está asegurada pase lo que pase.

 

Defectos siempre habrán en la otra persona, hay muchos que les parecería ridículo decir: “Te amo y te seré fiel….con la condición de que no tengas defectos”, sin embargo es la forma de actuar de cada uno de nosotros en varias etapas del matrimonio.

 

Cuadras comenta también que cuando las parejas se pelean, se establece una progresión: primero, perciben que han sido agraviados de alguna manera, segundo, se enojan; después se sienten impulsados a atacar, y por último, atacan. Es posible interrumpir esta secuencia en cualquier etapa.

 

Es necesario pelear de vez en cuando, porque sino se explota, pero es también importante evitar las peleas que no tengan sentido. Uno de los típicos casos es el tema de los detalles. Por ejemplo, hay maridos que no aceptan aprender a decir piropos a su mujer (no va con ellos, ellos no son así, no les sale…) y no encuentran ninguna dificultad en aprender a jugar al golf. Hay otros que son incapaces de alterar pequeños hábitos absolutamente superfluos (leer el periódico al llegar a casa, sentarse en un sillón determinado, hablar a su mujer en tono tedioso…) y sin embargo, se aprenden un discurso de memoria.

 

Pero cuando hay que darle cariño a la mujer cuando uno no tiene ganas, o atender a los niños o colaborar en la casa, ahí si nos complicamos demasiado. La solución es muy fácil, siempre que haya amor suficiente: traer a casa los modales y delicadezas que usamos fuera, hacer que la cortesía sea espontánea.

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Liderazgo, ese anhelo que todos queremos

Marzo 15, 2009 · 2 comentarios

liderazgoEn estos tiempos de crisis, una de las habilidades que mas se necesitan es la del liderazgo. Mucho se ha hablado, sin embargo, la gente escribe por escribir, se autodenominan gurús. De todo lo que he leido, este es, sin duda, uno de los mejores artículos. Lo publicó hace poco en su blog el profesor del IESE, Santiago Alvarez de Mon, asiduo invitado virtual a este blog. A continuación el artículo:

 

El liderazgo es un proceso, una relación, un encuentro, por medio del cual se genera una ascendencia y credibilidad liberadoras. En definitiva, es una conversación pública que se sostiene con aquellos que se aspira a servir.

 

Liderazgo no es una posición desde la que se ejerce el poder. Sistemáticamente, perdemos la batalla del lenguaje. No sé por qué llamamos líder al presidente de un gobierno, al consejero delegado de una empresa, al director de un colegio, al gerente de un hospital. Son cargos, títulos, nada más. De hecho, el drama de muchas instituciones es que son presididas por personas sin ninguna autoridad personal.

 

Liderazgo es un proceso, una relación, un encuentro, por medio del cual se genera una ascendencia y credibilidad liberadoras. En definitiva, es una conversación pública que se sostiene con aquellos que se aspira a servir. Piense en sus líderes, en las personas que gozan de su respeto y admiración.

 

¿Por qué lo son? ¿Me equivoco si digo que le hacen sentir de una manera especial, le inspiran paz, confianza y esperanza, precisamente en los momentos que las dudas se ceban con usted? ¿Cómo lo consiguen? ¿Cómo llegan a su epicentro personal? Sencillamente, partiendo de una comprensión realista de su particular circunstancia, entablan una conversación auténtica, ambiciosa e imaginativa, en la que usted es el protagonista.

 

Energía y entusiasmo

¿Se acuerda del I have a dream de M.L. King? ¿Qué pasó aquel día en Washington? ¿Por qué se generó una corriente de energía y entusiasmo, por qué llegó al corazón de cada manifestante? ¿Fue por su facilidad verbal para conectar con la muchedumbre?

 

¿No reside la respuesta en su capacidad para detectar las necesidades reales de gente injustamente tratada, en su sensibilidad para leer rostros sufrientes, para observar almas heridas, para escuchar silencios sonoros que hablan de sueños truncados, de agresiones gratuitas, de dignidades pisoteadas?

 

Rastreando, indagando, escuchando la intrarealidad de cada persona, se constituyó en portavoz autorizado de gran parte de la sociedad norteamericana. El I have a dream se transformó en we have a dream. La comunión se produjo, la complicidad surgió. Es lo que hace el poeta, plagia los sentimientos del corazón. La magia de su pluma expresa en el papel lo más inefable de nuestras emociones.

 

Liderar es seducir, persuadir, convencer al otro. ¿Cómo se hace si no se le pregunta, si no se le escucha, si no se le conoce? El silencio, lugar de encuentro de tantas voces interiores, es la otra cara de la palabra de los líderes. Si aquel no guía a ésta se deteriora en propaganda, en mitin para idiotas. ¿Cuántos líderes saben guardar silencio y palpar el dolor del ser humano?

 

La pregunta curiosa y humilde, la escucha atenta y paciente, el silencio sabio y solidario, preceden e inspiran a la palabra oportuna, franca, delicada y estimulante. Así se ganan elecciones, se captan clientes, se gestiona el talento humano, se educan y curten generaciones.

 

Hágame caso, en la próxima reunión que celebre con sus colaboradores, respire hondo, cállese, pregunte, escuche, interprete el silencio, mire a los ojos, agradezca las sugerencias, valore la crítica. Entonces, su mensaje será escuchado, porque su historia, su visión, su sueño, serán los de ellos.

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Esa meta tan esquiva llamada felicidad (segunda parte)

Marzo 4, 2009 · Dejar un comentario

hapinessman-278x275A continuación, los dejo con la segunda y última parte de este artículo de Manel Baucells, un experto en el tema de la felicidad:

El sesgo de proyección


¿Por qué entonces se ha encumbrado al dinero como lo único que da la felicidad? Por el “sesgo de proyección”, responden los autores. Es decir, cuando proyectamos nuestro estado de ánimo presente en nuestra visión del futuro. A la hora de consumir, el sesgo de proyección impide que nos veamos con unos niveles de habituación o un estatus social diferentes de los que tenemos.

 

Por eso creemos que tener más dinero nos hará más felices. Trabajamos más y ganamos más dinero, nos mudamos a una casa más grande en un barrio mejor, compramos un coche más caro, pero el sesgo de proyección hace que subestimemos los efectos de la adaptación y demos más valor del que tiene a la utilidad derivada de los artículos de consumo. Disfrutamos de un nivel de vida mayor que antes, pero no cuando nos comparamos y empezamos a identificarnos con nuestros nuevos vecinos. Un efecto pernicioso del sesgo de proyección es que empezamos a dedicar más y más tiempo al trabajo a costa del ocio, creyendo en vano que si trabajamos más seremos más felices, cuando en realidad el aumento de nuestro salario simplemente conlleva una menor utilidad total y, perversamente, una menor felicidad.

 

Este modelo es tal vez la conclusión más interesante del artículo: la utilidad real obtenida bajo los efectos del sesgo de proyección es menor de la esperada. “Es por esto que creemos que cuanto más dinero tengamos más felices seremos, cuando lo cierto es que puede que no sea así”, explican los autores.

 

Se necesita tener mucha disciplina para prestar la atención que merece al ocio. Deberíamos ser conscientes de los efectos del sesgo de proyección y aprender a no compararnos con nuestros vecinos.

 

Pero no sólo nosotros mismos, sino también la sociedad en su conjunto, puede tomar medidas que aumenten nuestras posibilidades de ser felices: mediante una aplicación sensata de políticas como las vacaciones pagadas (mientras que en Estados Unidos son dos semanas, en Francia son seis), la limitación de las horas de trabajo a determinados niveles, la imposición de impuestos que graven más los artículos de consumo que los de primera necesidad o la institución de prácticas que faciliten la conciliación entre la vida laboral y la familiar, como los horarios flexibles.

 

El día sólo tiene 24 horas, así que la cuestión es cómo repartirnos el tiempo. Para ser felices, es más importante la recuperación del equilibrio entre trabajo y ocio que el dinero.

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Esa meta tan esquiva llamada felicidad

Marzo 1, 2009 · Dejar un comentario

 

felicidad31Esta semana recibí el artículo que publico a continuación, del boletín del IESE, (No. 2 a nivel mundial según el ranking de MBAs 2008 de la revista The Economist), con la venia de su autor, uno de los mejores profesores de la escuela, el Sr. Manel Baucells. Los dejo con la primera parte del artículo:

 

En los últimos años, la ciencia de la felicidad se ha consolidado como una nueva área de estudio que trata de determinar qué es lo que nos hace felices. El dinero suele ser lo primero en que pensamos. Pero, aunque el progreso económico es uno de los factores que mejora nuestro bienestar, nos engañamos y creemos que tener más dinero nos hará más felices de lo que en realidad nos hace.

 

El concepto económico de “utilidad” mide la satisfacción que nos procura el consumo de bienes y servicios, ya sean las necesidades y comodidades de la vida o el tiempo que pasamos con la familia y amigos, haciendo deporte, descansando, etcétera. A partir de este concepto, la felicidad se puede definir como la maximización de los comportamientos propios capaces de aumentar esa utilidad, es decir, la capacidad de satisfacer nuestras necesidades.

 

Si nos paramos a pensar en nuestra vida de cada día, el tiempo se revela como el recurso limitado por antonomasia. ¿Qué relación guarda el tiempo con el dinero y la felicidad?

 

En su artículo “Happiness and Time Allocation” (“Felicidad y reparto del tiempo”), el profesor del IESE Manel Baucells y Rakesh K. Sarin, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California, postulan que las personas más felices son aquellas que alcanzan un equilibrio adecuado entre trabajo y ocio. Si el trabajo proporciona dinero para consumir, y el consumo proporciona utilidad, lo mismo sucede con el ocio. Aunque la capacidad de adaptación del ocio es menor que la del consumo, es vital para comprender plenamente la felicidad, aseguran los autores. La amistad, la familia, dormir bien y hacer ejercicio aumentan la satisfacción personal. Aun así, muchos suelen renunciar a las actividades de ocio para trabajar y ganar más dinero en la falsa creencia de que cuantos más ingresos tengan más felices serán.

 

Los autores no ponen en duda los hallazgos empíricos que señalan que los ricos son generalmente más felices que los pobres, pero demuestran por qué la evolución de los índices de felicidad ha permanecido plana a lo largo de los años a pesar del espectacular aumento de la renta real en los países desarrollados. En Japón, por ejemplo, aunque la renta per cápita real se ha quintuplicado, no se ha registrado un aumento del índice medio de satisfacción personal. Otro tanto ha ocurrido en Estados Unidos y Reino Unido. El modelo del reparto del tiempo que presentan los autores explica porqué.

 

Adaptación y comparación social


Existen numerosas pruebas de que la utilidad derivada del consumo depende principalmente de dos factores: la adaptación o habituación a los niveles de consumo y la comparación social con un grupo de referencia o entre iguales.

 

¿En qué consiste la adaptación? A alguien que en sus tiempos de estudiante tenía un coche pequeño y viejo puede satisfacerle temporalmente la compra de otro nuevo más grande cuando consigue su primer trabajo, pero enseguida se adaptará al nuevo vehículo y lo asimilará como parte de su nuevo estilo de vida. Lo mismo sucede con los monos. En un experimento en el que a unos monos se les dio pasas en lugar de la manzana a la que estaban acostumbrados, sus neuronas se dispararon en respuesta al cambio. Sin embargo, tras darles pasas unas cuantas veces, la euforia terminó. Los animales se habían adaptado al nuevo alimento.

 

La comparación social también influye enormemente en nuestro nivel de felicidad. En general, nos comparamos con personas de un estatus y una renta similares al nuestro. Por ejemplo, es muy poco probable que un profesor universitario se compare con una estrella de cine o un “sin techo”. Lo más seguro es que compare su posición con la de otro profesor de una universidad parecida. Los medallistas olímpicos también se comparan con quien tienen por debajo y por arriba. Un estudio halló que los atletas olímpicos que ganaron una medalla de bronce son más felices que los que ganaron una de plata, ya que los primeros se comparan con quienes no obtuvieron ninguna medalla, mientras que los segundos se lamentan por no haber conseguido el oro.

 

Aunque la adaptación y la comparación social son hasta cierto punto inevitables, los autores creen que tienen efectos perniciosos que limitan nuestra capacidad para encontrar la verdadera felicidad. Necesitamos dar con maneras sanas de moderar estos dos factores, afirman. La meditación y la oración son algunos “ejercicios de reencuadre” que pueden ayudarnos a ver las cosas en su justa medida y atenuar la insatisfacción que produce la insidiosa comparación social.

 

 

 

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